Junio 11, 2009 de vitolink
El Vampiro no recordaba cuando comenzó su necesidad por coleccionar calaveras. La inmortalidad, que para quien la padece se hace una asfixiante e infinita rutina de imágenes y manías, hacía que los recuerdos se almacenasen desordenados como cachivaches en un desván. Quería pensar que la primera vez que tuvo consciencia de tener un cráneo como compañía fue el de Tasso, que compró a un monje de San Onofre durante lo que él llamaba -irónicamente- su Período Italiano. Aquella cabeza, sonriente y monda, fue la joya de su colección; le encantaba sentarse a pasar las horas de luz cotemplandola: donde una vez vivieron las palabras y la locura, ahora reinaba sempiterna paz de la nada. La misma nada que se resistía a envolverlo a él por su condición contranatura. Tal vez, en un intento de comprender los misterios de la muerte, fue por lo que empezó su pequeño museo de cabezas ilustres; aunque tampoco descartaba la teoría de que fuese solo una morbosa afición fruto de la ociosidad, que -como solia ser usual en él- terminaba transformándose en una obsesión incómoda.
A Tasso y al resto los perdió en Londres. Su guarida en Nothing Hill se hundió durante los bombadeos de la Gran Guerra. Fue un golpe muy duro para él. Se había acostumbrado a la familiaridad de sus risas enigmáticas.
Hubo de volver a empezar desde el principio, aunque ya no era igual. Aquellos nuevos huesos se le antojaban banales, insulsos; en más de una ocasión pensó en deshacerse de la vieja maleta de cuero en que los transportaba de un lugar a otro. Pero nunca llegaba a hacerlo. Un miedo atroz se apoderaba de él en cuanto pensaba en la posibilidad de regresar a su cubil, y no poderlas poner sobre la mesa o la cama, en perfecta formación, para que le mirasen directamente a los ojos, regodeándose en los costurones de su alma y memoria.
Anteriores capítulos de esta serie:
I: El Vampiro en su rincón
II: El Vampiro y La Bibliotecaria
III: El Vampiro y el Cazador
IV: Frankenstein
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Mayo 19, 2009 de vitolink
En mitad del secarral, tú y yo nos dejábamos las líneas de la vida, del amor y del dinero intentando saciar nuestra sed ante un profundo pozo.
-Nada, esto es inútil -Dije y tiré la áspera cuerda para concentrarme en las llagas que ahora eran mis manos
Me gritaste: <<!Sigue tirando, sigue!>>
-Es inútil. – Me rendí- ¿No lo ves? Del abismo solo salen palabras sin sentido.
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Marzo 20, 2009 de vitolink
En una isla cuyas mareas no eran para inexpertos marinos, ni aún para curtidos veraneantes, vivía una loca en una choza blanca junto a la playa. Todas las mañanas, durante la bajamar, se pasaba las horas escribiendo en la arena. A veces, dibujaba garabatos sin sentido, otras trazaba grafías en supuestos idiomas inventados; las menos veces, trazaba palabras desordenadas y naufragas, como recuerdos de vidas pasadas: mezquita, olivo, río y noche. Cuando el mar reclamaba su imperio, devoraba su labor con un paño sucio de espuma.
Esta loca era un caso perdido.
Fue una lástima que la mar, por despiste o crueldad, nunca devolviese a su playa ninguna de sus palabras.
Aunque yo tengo la certeza de que, en otras calas de ínsulas distantes, cada mañana hubo marinos de torsos desnudos que descubrían, en la arena mojada que dejan las aguas, dibujos que les hablaban en silencio de ideas que nada significan en su mundo salobre: mezquita, olivo, río y noche.
A Guada
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Febrero 23, 2009 de vitolink
Realizó las ofrendas a los sacerdotes y, para ganar el favor de los dioses, pagó los mejores sacrificios .
Creso, rey de Lidia, dió un paso hacia en sanctasanctórum del oráculo. Allí formuló su pregunta.
Ante ella, Google contestó: Si cruzas el Halys, destruirás un gran imperio.
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Febrero 10, 2009 de vitolink
Para que no puedas volver y encontrarme, me mudé al campo (en mitad del monte, donde duermo rodeado de grillos. Su canto siempre te crispó los nervios). Para que no puedas llamarme, no instalé teléfono y busqué de manera concienzuda un lugar libre de cobertura para los móviles. Para que no pudieses llegar, cambié todos los carteles de dirección que llevan hasta este sitio. Incluso he cavado una zanja alrededor de la casa; y solo alimento los días impares a mis perros guardianes (lo sé, tienes miedo a los perros).
Pero, por si un día te da por volver, suelo fumigar el jardín (ya casi no quedan grillos, y menos en esta época del año). Todos los días bajo al pueblo a preguntarle al cartero si has mandado algo para mí (dejé mi nueva dirección, de forma deliberadamente descuidada, sobre la mesita de la entrada de nuestro antiguo piso). Me paro a hablar largo y tendido, de cualquier estupidez, con cada excursionista que me encuentro por los senderos (tengo que asegurarme que me han visto bien la cara y que podrían identificarme si preguntas por mi descripción a alguno de ellos). Y, por si llega un día en que te diera por volver, quiero que sepas que siempre pongo un puente de tablas sobre la zanja que rodea mi casa (está en la parte trasera, junto a la alberca).
Ah, y ante todo, recuerda esto si tienes la necesidad de volver: hazlo en día par.
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Enero 30, 2009 de vitolink
Ella susurró: <<Dime que me quieres>>.
Él se mordió los labios y apretó el gatillo.
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Enero 15, 2009 de vitolink
Bajo una lluvia sucia, El Vampiro conoció a Frankenstein. Él estaba tirado en la acera de la calle de Goya, mientras tres skins le machacaban las costillas. Lo atacaron como lobos, surgiendo de la oscuridad con sus mandíbulas babeando cerveza e insultos. Antes de que pudiese echar a correr lo derribaron rompiéndole una botella en la cabeza. Entre relámpagos de dolor, solo esperaba que terminasen de vomitar sobre él toda ira que llevaban en sus entrañas por la derrota del Real Madrid, y que se fuesen, dejándolo allí para ser devorado por las sombras.
Pero la Luna, alcahueta de monstruos, quiso que Franky pasase por allí. Había acabado un trabajo en casa de un cliente y volvía a su puesto en la calle Montera. Podía haber cambiado de acera, dado la vuelta o, como el resto de la ciudad, ignorar lo que estaba ocurriendo. En lugar de eso, sin saber muy bien porqué, fue directa hacia la manada de neonazis y, jugando la baza de la sorpresa, irrumpió entre ellos con su zapato de plataforma como arma. Dos cayeron a los primeros golpes. El tercero huyó aullando venganza.
Franky ayudó al Vampiro a incorporarse, le secó la sangre de la boca y acarició con ternura su pegajosa melena. Se reconocieron al instante. No tuvieron nada que decir. Franky agarró al Vampiro por debajo del brazo, paró un oportuno taxi y se lo llevó a su piso de El Pozo. Allí le dejó darse una ducha mientras calentaba una sopa con sabor a prisa. Abrió una botella de un vino apátrida y le dejó un hueco en su sofá de plástico rosa. Al rato, el Vampiro dormitaba sobre el enorme regazo de la Frankenstein de La Chana. Así la llamaban las compañeras de oficio por los estragos, que ya comenzaban a ser visibles, de su adicción a las inyecciones de silicona.
Cuando El Vampiro se despertó, se amaron en silencio hasta el alba, con la desesperación de aquellos que se saben sin lugar en el mundo a la luz del día.
Gracias a Ángel (palabras), que hizo un hueco en su novela-blog para ayudarme a sacar adelante este pequeño relato.
Anteriores capítulos de esta serie:
I: El Vampiro en su rincón
II: El Vampiro y La Bibliotecaria
III: El Vampiro y el Cazador
También puedes seguir esta serie de relatos en “Sevilla Escribe”
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Enero 4, 2009 de vitolink
En una encrucijada del infinito fueron a encontrarse los Tres Reyes Magos de Oriente y los Cuatro Jinetes del Apocalipsis. Cansados de sus respectivas monturas, improvisaron un caravasar uniendo sus tiendas. Al amor del vino de palmera, narraron miserias de eternos caminantes y el hastío de sus destinos. Al cabo, decidieron intercambiar sus rutas y funciones, buscando en la novedad un hálito de ilusión para sus grises inmortalidades.
Aquella epifanía, las tierras en guerra recibieron oro para gastarlo en nuevas y mejores armas, incienso para santificar sus causas y mirra para ungir a sus generales y héroes caídos. Mientras, los niños y niñas del mundo recibieron los dones de la Guerra, la Peste, el Hambre y la Muerte.
Hubo de gustarles la experiencia, ya que desde entonces los Tres Reyes Magos y los Cuatro Jinetes siguen dedicándose con ahínco a sus nuevos oficios.
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Diciembre 27, 2008 de vitolink

- La Navidad apesta -sentenció Rudolf, el reno de nariz de ascua, tras sorber ruidosamente su Starbuck´s coffee sentado en el columpio.
- Te equivocas, viejo amigo – Le advirtió cariñosamente Papa Noel, a la par que le acariciaba el lomo- Es el resentimiento el que habla por ti. Has de abrir tu corazón y dejar que se inunde del espíritu de estas fechas de amor, felicidad, solidaridad…
Mientras hablaba a un columpio vacío, balanceado por el aliento de Diciembre, la enfermera le introdujo la medicación en la boca. Al sentir el sabor a plástico en la lengua, tuvo como certeza que pronto se disolvería en un sueño químico. No se resistió. No tenía sentido. Suspiró y musitó una letanía que le acompañaría al inframundo de lo imposible: “Feliz Navidad a todos…”.
Escrito en microcuento, relato corto | Etiquetado humor, locura, Navidad | 17 Comentarios »
Diciembre 2, 2008 de vitolink
-Rápame. Al cero.
-Pero…
-Si de verdad me quieres, déjame como una bola de billar.
-Amor, ya no seras tú.
-Precisamente por eso. Quiero dejar de ser yo, ser otro. Totalmente nuevo, alguien que sólo te pertenezca a ti.
Dalila, con ojos vidriosos, comenzó a pelar a Sansón en el cuarto de baño. Zumbaba la maquinilla como un enjambre de avispas venenosas. A cada mata de pelo que veía caer de su gran cabezota a través a del espejo, se sentía más libre. Cuando Dalila acabó, el suelo estaba invadido por peludos monstruos negros. Entre ellos yacía aquello que él consideraba su maldición.
Sansón se abrazó a ella, sin sospechar que seis pisos más abajo, en el portal, los filisteos amartillaban las pistolas y llamaban al ascensor.
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