El Vampiro no recordaba cuando comenzó su necesidad por coleccionar calaveras. La inmortalidad, que para quien la padece se hace una asfixiante e infinita rutina de imágenes y manías, hacía que los recuerdos se almacenasen desordenados como cachivaches en un desván. Quería pensar que la primera vez que tuvo consciencia de tener un cráneo como compañía fue el de Tasso, que compró a un monje de San Onofre durante lo que él llamaba -irónicamente- su Período Italiano. Aquella cabeza, sonriente y monda, fue la joya de su colección; le encantaba sentarse a pasar las horas de luz cotemplandola: donde una vez vivieron las palabras y la locura, ahora reinaba sempiterna paz de la nada. La misma nada que se resistía a envolverlo a él por su condición contranatura. Tal vez, en un intento de comprender los misterios de la muerte, fue por lo que empezó su pequeño museo de cabezas ilustres; aunque tampoco descartaba la teoría de que fuese solo una morbosa afición fruto de la ociosidad, que -como solia ser usual en él- terminaba transformándose en una obsesión incómoda.
A Tasso y al resto los perdió en Londres. Su guarida en Nothing Hill se hundió durante los bombadeos de la Gran Guerra. Fue un golpe muy duro para él. Se había acostumbrado a la familiaridad de sus risas enigmáticas.
Hubo de volver a empezar desde el principio, aunque ya no era igual. Aquellos nuevos huesos se le antojaban banales, insulsos; en más de una ocasión pensó en deshacerse de la vieja maleta de cuero en que los transportaba de un lugar a otro. Pero nunca llegaba a hacerlo. Un miedo atroz se apoderaba de él en cuanto pensaba en la posibilidad de regresar a su cubil, y no poderlas poner sobre la mesa o la cama, en perfecta formación, para que le mirasen directamente a los ojos, regodeándose en los costurones de su alma y memoria.
Anteriores capítulos de esta serie:
I: El Vampiro en su rincón
II: El Vampiro y La Bibliotecaria
III: El Vampiro y el Cazador
IV: Frankenstein