- ¡Déjeme pasar! Le vuelvo a decir que soy el Espíritu de las Navidades Presentes. Por el amor de Dios, ¿pero es que no saben quien soy?
- Sí, un mamarracho vestido con guiraldas, pingajos de muerdago y que huele a anís a un kilómetro. ¡Fuera!
- ¡Esto es un ultraje! ¡Ninguno de mis 2009 hermanos anteriores fue tratado así!
- Mira, chato. No tengo ni idea de qué manicomio os habéis escapado tú y el gordo risón ese del saco y su reno borracho, los tres putos integristas de los camellos de ahí detrás y esa familia palestina de indigentes que dicen pedir asilo político. Te he dicho que mientras yo esté en la puerta de estos grandes almacenes, no pasa ni un solo puto friki de los de tu ralea. ¿Te ha quedado claro? Y ahora: ¡Iros todos a tomar por saco! Que hace un frío que pela para estar aquí tocando los huevos y espantando a los clientes respetables. ¡Ála! Que como saque la porra no respondo de mí…


¡Ea! Y yo que pensaba que mi “espíritu navideño” daba pena jejejeje
Me ha encantado tu cuento. Este es el mío.
El día más lento del año.
Una Navidad, hace unos años, me encontraba sentado en frente de Bobby en un bar de Río de Janeiro, viéndolo sorber su pollo –sus dientes se habían caído varios años atrás, posiblemente debido a su hábito de meterse 5 gramos de cocaína al día.
Le comentaba acerca de lo que acababa de leer en el National Geographic, sobre un antropólogo que estaba tratando de determinar los límites territoriales de una tribu amazónica conocida como los “flecheros”. Se les había dado ese nombre porque que cada vez que alguien osaba adentrarse en su área de la selva, estos le rociaban con flechas. Y, aunque el sueño de un antropólogo es siempre llegar a hacer el primer contacto con una tribu por descubrir, en esta ocasión, el objetivo -más modesto- consistía en establecer una zona de protección alrededor de esta tribu, para que nunca necesitasen verse expuestos a un mundo moderno que, con seguridad, destruiría su modo de vida.
Le decía a Bobby que yo no podría estar más de acuerdo con esta noble iniciativa, como ya lo había estado en Colombia la última vez que una tribu fue obligada a salir fuera de la selva y enfrentarse al despiadado mundo moderno. Los “Nukak” -o “Creyentes” como llegaron a ser conocidos- habían estado viviendo en paz en la selva tropical hasta que los combates de la interminable guerra civil colombiana les habían obligado a abandonar sus tierras. Al parecer, lanzas y cerbatanas no eran mucho rival para las armas semi-automáticas.
Recordaba haber visto a los primeros de ellos a su llegada a Bogotá, caminando descalzos por las calles, ajenos al tráfico, vestidos sólo con taparrabos y llevando, a sus espaldas, fardos de papaya y ñame. Y también que, sorprendentemente, no se encontraba sobre sus rostros la huella de una arruga o alguna línea de preocupación y que aunque posiblemente tenían pocos motivos para sonreír, cuando lo hacían se revelaban sus dientes afilados, inmaculadamente blancos, que nunca habían conocido la decadencia de una dieta de cazadores-recolectores. Y si bien se podría haber esperado encontrar en ellos un cierto nerviosismo ante las “maravillas” de la civilización -ninguno de ellos había visto antes una bolsa de plástico, por no hablar de electricidad, coches o rascacielos-, más bien llevaban su exilio estoicamente. Sus expresiones de profunda calma solo eran levemente traicionadas por la tristeza en forma de sutil brillo en los ojos.
Se les podía encontrar acampados durante la noche en los parques, acurrucados alrededor de pequeñas fogatas, cantando melancólicas canciones. Lograban sobrevivir asando las verduras que eran capaces de recoger del suelo de los mercados y -como se podía deducir por los huesecillos que se encontraban alrededor de sus fuegos- su nueva dieta se completaba con gatos callejeros.
Bobby seguía sorbiendo su pollo. No estoy seguro si prestaba mucha atención a lo que le estaba contado.
Unas noches más tarde -continué- en la televisión, a un antropólogo llamado Luis González -quien había hecho la investigación de campo sobre los “Nukak”- se le concedieron 45 segundos de fama en las noticias. González era un hombre corpulento de barba espesa que, de algún modo, compensaba su calvicie y que, evidentemente, estaba enfadado. Reclamaba al gobierno que tomase medidas inmediatas para proteger esa “gente especialmente vulnerable” -los “Nukak”- que eran conocidos entre los académicos como “los Creyentes” -explicó- porque su lengua no contenía los verbos “mentir” o “engañar”. En su hábitat natural en la selva, esta tribu estaba acostumbrada a tomar uno al otro por su palabra: Si uno gritaba “jaguar” todos trepaban inmediatamente a un árbol. Si otro decía “nido de abeja” todos venían corriendo a degustar la miel.
¿Cómo -preguntaba González- se podría esperar que esta tribu prosperase en nuestra difícil y engañosa sociedad?
Pero Colombia, en aquel tiempo, era un país con otras preocupaciones. Había una guerra civil contra dos diferentes grupos guerrilleros, paramilitares fuera de control y la autonomía de las ciudades amenazada por los poderosos carteles de la droga. El destino de “los Creyentes” difícilmente iba a ser considerado como un asunto de mucha importancia y en consecuencia, las autoridades prefirieron dejar que la naturaleza humana resolviese, en su lugar, el problema.
No fue ninguna sorpresa que las mujeres fueran las primeras en caer. Pronto, se las pudo ver vestidas con prendas provocativas y maquillajes mal aplicados, de pie en las esquinas de las calles, bajo la atenta mirada de los proxenetas locales. Los hombres “Nukak” no tardaron mucho en encontrarse trabajando 18 horas al día en obras de construcción por toda la ciudad, a cambio de un puñado de plátanos.
Otros “Creyentes” tuvieron una suerte mas discutible, cuando fueron detenidos por los paramilitares o los grupos guerrilleros y llevados de regreso a la selva para combatir en la guerra civil. Y allí se hicieron famosos por ser fieros guerreros que luchaban con uñas y dientes por lo que creían ser una causa noble -Ley y Orden o Libertad y Justicia, dependiendo del lado que los detenía en primer lugar.
Un par de meses después de que la mayoría de los “Nukak” hubiese desaparecido de las calles, me encontraba en un bar viendo como un presentador de noticias en la televisión apenas podía contener la risa cuando anunciaba que un “Creyente” había sido detenido con 10 kilos de cocaína en la frontera. Cuando se le preguntó por qué lo había hecho, el pobre diablo al parecer había respondido: “me dijeron que lo hiciera”.
Oí a alguien toser con cierta violencia y fue cuando me di cuenta de que a un par de metros de distancia estaba sentado el antropólogo, Luis González. Pedí un par de cervezas y me acerqué a él.
“Si tan sólo le hubieran escuchado a usted.”
“No tenían dinero, ni voto y ninguna influencia. ¿Por qué iba alguien a escucharme?” -dijo González, sin siquiera darse la vuelta. Se bebió la cerveza que puse delante de él sin ninguna pregunta y luego se volvió hacia mí con una expresión cansada.
“Lo gracioso -dijo- es que cuando regresé de vivir con los “Nukak”, hace años, pensé que me resultaría difícil readaptarme a la vida moderna. Pero ¿sabes qué? Me di cuenta de que los Creyentes están en todas partes. ¡Solo has de mirar a tu alrededor! Están rezando en las iglesias, marchan con los ejércitos, hacen cola en los grandes almacenes. Donde quiera que mires hay gente que cree en casi todo lo que les dicen. La única razón por la que no los sacan en las noticias se debe a que no se visten con taparrabos.
Y con eso, González se puso de pie, tumbando su taburete, y salió tambaleándose del local.
Bobby ya había terminado su pollo, pero eso no parecía haber mejorado su atención. Siempre estaba a mil por hora, lleno de química confianza en sí mismo y actuando como si se encontrara en la cima del mundo. Aquel día, sin embargo, parecía estar unos cuantos peldaños más abajo.
“Llevo aquí 20 años y eso está bien -cambió de tema Bobby, repentinamente. Desde luego, no echo de menos Canadá. Es solo que los domingos y el día de Navidad me sacan de quicio.”
Si -pensé-, Bobby tenía razón. Pregúntale a cualquier expatriado, incluso aquellos que están viviendo bajo un indulgente sol tropical, en alguna parte, felizmente libres y meciéndose en el regazo del Paraíso, y te dirán que cuando la Navidad comienza a desarrollarse a su alrededor, siempre se produce una extraña sensación de vacío. Incluso a aquellos a los que no les importan para nada las raíces paganas de una religión que barrió culturas como si de un virus se tratara, o los que detestan la insana adoración del consumismo que la Navidad representa; Aún así, a pesar de todo, sigue siendo para ellos el día más largo del año.
Y si bien, a menudo, los viajeros nos reímos de la idea de un hogar, una morada. Siempre desesperados por poder escapar de las trampas culturales y financieras que nos tienden nuestros lugares de origen, enseñándonos a nosotros mismos a odiar nuestras propias raíces, tan dispuestos a dejar nuestros países como lo estuvimos, en su día, a abandonar la casa de nuestros padres. Y aún, en algún lugar dentro de uno, late un íntimo deseo, como una necesidad de pertenecer a alguna parte, que cuando todo el mundo se encuentra jugando a la familia feliz enfrente del árbol, no hay forma de ocultar.
A un biólogo se le preguntó una vez cómo los pájaros pueden saber en que dirección han de volar, a la hora de migrar. Él reflexionó por un momento y dijo:
“Vuelan en la dirección en la que disminuye su nostalgia.”
Quizás todos nosotros seguimos -en algún nivel- ese tipo de llamada inconsciente, eligiendo nuestro camino a través de los caprichos a los que la vida nos enfrenta constantemente.
O si no, siempre podemos negarlo bajo un barniz de cinismo, o con un comportamiento sexual compulsivo o durmiendo todo el día. O con 5 gramos de cocaína.
De cualquier manera, el 25 de diciembre, para los expatriados como Bobby (y yo mismo), los minutos no pasan con la suficiente rapidez.
El día más lento del año – Dugutigui
http://damantigui.wordpress.com
Yo aún intento compartir el espiritu navideño
En mi blog se percibe.
A ver cuando te leo por allí.
¡Un beso!
!Pero si no hay más ferviente defensor del Espírtu Navideño que yo! Soy consciente de que Papá Noel y los Tres Reyes Magos son reales: viven dentro de cada persona que hace un regalo pensando en la mirada de aquel que va a rasgar el envoltorio… Pero, parafraseando a Benedetti: son un optimista “navideño” bien informado, y es a esa parte chusca, hipócrita y hortera a la que dedico mi cuentecillo.
!Mil gracias por pasarte por aquí y feliz año nuevo!
Hola Vitolink, hace tanto tiempo que no te visitaba, pero estuve revisando los post antiguos de mi blog y apareciste tú!
Un cuento bastante actual, en el que nadie cree en nada, y sin embargo seguimos aferrados a la idea, a la esperanza de que alguna vez podamos ser testigos de un milagro…
Un abrazo!
Blanca