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Navidad en la Gran Ciudad

– ¡Déjeme pasar! Le vuelvo a decir que soy el Espíritu de las Navidades Presentes. Por el amor de Dios, ¿pero es que no saben quien soy?

– Sí, un mamarracho vestido con guiraldas, pingajos de muerdago y que huele a anís a un kilómetro. ¡Fuera!

– ¡Esto es un ultraje! ¡Ninguno de mis 2009 hermanos anteriores fue tratado así!

– Mira, chato. No tengo ni idea de qué manicomio os habéis escapado tú y el gordo risón ese del saco y su reno borracho, los tres putos integristas de los camellos de ahí detrás y esa familia palestina de indigentes que dicen pedir asilo político. Te he dicho que mientras yo esté en la puerta de estos grandes almacenes, no pasa ni un solo puto friki de los de tu ralea. ¿Te ha quedado claro? Y ahora: ¡Iros todos a tomar por saco! Que hace un frío que pela para estar aquí tocando los huevos y espantando a los clientes respetables. ¡Ála! Que como saque la porra no respondo de mí…

Capricho arabí

¡Ni hablar! No me sacrifiqué para «ésto». Años de preparación, décadas de confinamiento, siglos de espera y todo para una imbecilidad.

NO. N-O. ¿Te enteras?. Me niego.

Acepté esta profesión para levantar palacios de marfil en una sola noche, bajar estrellas de los cielos,  torcer la voluntad de la Muerte y convertir el carbón en diamantes. Ese era mi fin al dejarme encerrar en una botella bajo el sello de Suleyman.  Quería hacer de la Tierra un lugar más hermoso, lleno de mágia, donde fuese posible todo aquello que alguien pudiese soñar.

Así que lo dicho: ni hablar. No pienso desperdiciar mis poderes de ifrit en alargarte el pene. Ya puedes ir cerrando la puta botella y enterrandome otra vez en la arena.

Paradojas

¿Por qué son ciegos los ojos de buey?

¿Por qué son sordos los sillones con orejas?

¿Por qué es mudo el canto del cisne?

Será que soy muy ceporro, pero no entiendo este mundo.

Romance al 50%

Hubiese sido hermoso besarte. Uno de esos momentos inesperados que hacen que todo -por un microsegundo- brille como en las tontas  películas rosas que ambos vimos por separado en nuestra adolescencia. Un fugaz huracán en el vaso de tintorro peleón de la realidad.

Quizás ese beso hubiera cambiado nuestras vidas: lo habríamos dejado todo por correr vestidos en playas nudistas o desnudos en playas textiles (porque lo importante, amor, es que amamos para sentirnos únicos y especiales ante el resto). Nos habríamos quedado sin palabras, o tal vez hubieramos dado con todas ellas de golpe, teniendo la certeza visionaria de cómo ordenarlas para componer los supremos versos bobos, que solo los enamorados como burros son capaces de soplar por casualidad.

Pero habremos de quedarnos con las ganas. Esperar que en un paralelo universo cuántico , nuestros labios mordiesen la carne del otro con la dulzura del canibal. Decidiste bajarte en la quinta planta, sección de Oportunidades. (Mira que me lo digo todos los días cuando me afeito: <<no te enamores en los ascensores de los grandes almacenes>> . Pero,  como todas las cosas que hacen daño,  con el tiempo ésto se ha convertido en un vicio).

El Asesino del Blog

El Asesino del Blog mira tu último post y se relame pensando en el olor del  tormento que va a inflingirte. Tecleas con la candidez del ternerito que ignora el acecho de la fiera, mientras él sigue tu rastro. Incluso ahora, en el mismo instante que lees esto por pasar el rato.

Duralex

Tras realizar el experimento empírico de dejar caer al vacío un vaso de Durelex desde una altura de tres metros sobre el nivel del mar, elaboré una hipótesis. Para corroborarla, repetí la experiencia con una docena de vasos del mismo material, teniendo mucho cuidado de que ninguna variable externa a la gravedad alterase la precipitación y destrucción por fragmentación múltiple ocurrida en el caso uno. Finalmente, pude elaborar la siguiente síntesis: los sueños están hechos de Duralex, porque al romperse, lo hacen en cientos de trozos, que salen disparados en cualquier dirección, escondiéndose en la oscuridad, saliendo solo de ella cada cierto tiempo -a ser posible, en el momento más inoportuno-, para recordarnos con su inesperada presencia que una vez formaron parte de un todo que ya no es nada, aunque con la voluntad numantina de resistirse al olvido total o la muerte por asco.

Por tanto, despreciad los cristales de Bohemia o las copas del IKEA: bebed en vasos de Duralex – brindad en ellos con caldos de Jerez, Rioja o Borgoña-, porque estos humildes vidrios son la esencia inmortal de nuestros anhelos.

Fracaso

Fracaso: dícese de lo que ocurre cuando un frac empeña hasta su última consonante para apostar al caballo que acaba el último en las carreras de Ascot.

Hormigas

Las hormigas sueñan revoluciones sin salirse de la fila, ni tan siquiera se plantean soltar el peso que arrastran por el bien común. En eso se parecen a los humanos… ¿O es al revés?

Hoy me levanté con ganas de escribir.

Esta jornada pasaría a los anales de la literatura de mi despacho: comenzaría mi novela -«Zombis contra dinosaurios»: un best-seller asegurado- y me aventuraría con éxito en las sendas retorcidas de la poesía con el fin de ganarme la simpatía de los intelectuales.

Pero no pudo ser: el banco me embargó el verbo, me han recortado la partida presupuestaria para adjetivos, los nombres se han declarado en huelga, la gramática ha presentado concurso de acreedores, la sintaxis toma las calles con todos sus complementos -directos e indirectos-  para proclarmar un Descontento General; todo esto mientras las musas del Parnaso lloran por un crédito del FMI… Peste de crisis.

calaverasEl Vampiro no recordaba cuando comenzó su necesidad por coleccionar calaveras. La inmortalidad, que para quien la padece se hace una asfixiante e infinita rutina de imágenes y manías, hacía que los recuerdos se almacenasen desordenados como cachivaches en un desván. Quería pensar que la primera vez que tuvo consciencia de tener un cráneo como compañía fue el de Tasso, que compró a un monje de San Onofre  durante lo que él llamaba -irónicamente- su Período Italiano.  Aquella cabeza, sonriente y monda, fue la joya de su colección; le encantaba sentarse a pasar las horas de luz cotemplandola: donde una vez vivieron las palabras y la locura,  ahora reinaba sempiterna paz de la nada.  La misma nada que se resistía a envolverlo a él por su condición contranatura. Tal vez,  en un intento de comprender los misterios de la muerte, fue por lo que empezó su pequeño museo de cabezas ilustres; aunque tampoco descartaba la teoría de que fuese solo una morbosa afición fruto de la ociosidad, que -como solia ser usual en él- terminaba transformándose en una obsesión incómoda.

A Tasso y al resto  los perdió en Londres. Su guarida en Nothing Hill se hundió durante los bombadeos de la Gran Guerra. Fue un golpe muy duro para él. Se había acostumbrado a la familiaridad de sus risas enigmáticas.

Hubo de volver a empezar desde el principio, aunque ya no era igual. Aquellos nuevos huesos se le antojaban banales, insulsos; en más de una ocasión pensó en deshacerse de la vieja maleta de cuero en que los transportaba de un lugar a otro.  Pero nunca llegaba a hacerlo.  Un miedo atroz se apoderaba de él en cuanto pensaba en la posibilidad de regresar a su cubil, y no poderlas poner sobre la mesa o la cama, en perfecta formación, para que le mirasen directamente a los ojos, regodeándose en los costurones de su alma y memoria.

Anteriores capítulos de esta serie:

I: El Vampiro en su rincón

II: El Vampiro y La Bibliotecaria

III: El Vampiro y el Cazador

IV: Frankenstein