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Archive for the ‘Serie: Crónicas de un No-Muerto’ Category

calaverasEl Vampiro no recordaba cuando comenzó su necesidad por coleccionar calaveras. La inmortalidad, que para quien la padece se hace una asfixiante e infinita rutina de imágenes y manías, hacía que los recuerdos se almacenasen desordenados como cachivaches en un desván. Quería pensar que la primera vez que tuvo consciencia de tener un cráneo como compañía fue el de Tasso, que compró a un monje de San Onofre  durante lo que él llamaba -irónicamente- su Período Italiano.  Aquella cabeza, sonriente y monda, fue la joya de su colección; le encantaba sentarse a pasar las horas de luz cotemplandola: donde una vez vivieron las palabras y la locura,  ahora reinaba sempiterna paz de la nada.  La misma nada que se resistía a envolverlo a él por su condición contranatura. Tal vez,  en un intento de comprender los misterios de la muerte, fue por lo que empezó su pequeño museo de cabezas ilustres; aunque tampoco descartaba la teoría de que fuese solo una morbosa afición fruto de la ociosidad, que -como solia ser usual en él- terminaba transformándose en una obsesión incómoda.

A Tasso y al resto  los perdió en Londres. Su guarida en Nothing Hill se hundió durante los bombadeos de la Gran Guerra. Fue un golpe muy duro para él. Se había acostumbrado a la familiaridad de sus risas enigmáticas.

Hubo de volver a empezar desde el principio, aunque ya no era igual. Aquellos nuevos huesos se le antojaban banales, insulsos; en más de una ocasión pensó en deshacerse de la vieja maleta de cuero en que los transportaba de un lugar a otro.  Pero nunca llegaba a hacerlo.  Un miedo atroz se apoderaba de él en cuanto pensaba en la posibilidad de regresar a su cubil, y no poderlas poner sobre la mesa o la cama, en perfecta formación, para que le mirasen directamente a los ojos, regodeándose en los costurones de su alma y memoria.

Anteriores capítulos de esta serie:

I: El Vampiro en su rincón

II: El Vampiro y La Bibliotecaria

III: El Vampiro y el Cazador

IV: Frankenstein

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frankensteinBajo una lluvia sucia, El Vampiro conoció a Frankenstein. Él estaba tirado en la acera de la calle de Goya, mientras tres skins le machacaban las costillas. Lo atacaron como lobos, surgiendo de la oscuridad con sus mandíbulas babeando cerveza e insultos. Antes de que pudiese echar a correr lo derribaron rompiéndole una botella en la cabeza. Entre relámpagos de dolor, solo esperaba que terminasen de vomitar sobre él toda ira que llevaban en sus entrañas por la derrota del Real Madrid, y que se fuesen, dejándolo allí para ser devorado por las sombras.

Pero la Luna, alcahueta de  monstruos, quiso que Franky pasase por allí. Había acabado un trabajo en casa de un cliente y volvía a su puesto en la calle Montera. Podía haber cambiado de acera, dado la vuelta o, como el resto de la ciudad,  ignorar lo que estaba ocurriendo. En lugar de eso, sin saber muy bien porqué, fue directa hacia la manada de neonazis y, jugando la baza de la sorpresa, irrumpió entre ellos con su zapato de plataforma como arma. Dos cayeron a los primeros golpes.  El tercero huyó aullando venganza.

Franky ayudó al Vampiro a incorporarse, le secó la sangre de la boca y acarició con ternura su pegajosa melena. Se reconocieron al instante. No tuvieron nada que decir. Franky agarró al Vampiro por debajo del brazo, paró un oportuno taxi y se lo llevó a su piso de El Pozo. Allí le dejó darse una ducha mientras calentaba una sopa con sabor a prisa. Abrió una botella de un vino apátrida y le dejó un hueco en su sofá de plástico rosa. Al rato, el Vampiro dormitaba sobre el enorme regazo  de la Frankenstein de La Chana. Así la llamaban las compañeras de oficio por los estragos, que ya comenzaban a ser visibles, de su adicción a las inyecciones de silicona.

Cuando El Vampiro se despertó, se amaron en silencio hasta el alba, con la desesperación de aquellos que se saben sin lugar en el mundo a la luz del día.

Gracias a Ángel (palabras), que hizo un hueco en su novela-blog para ayudarme a sacar adelante este pequeño relato.

Anteriores capítulos de esta serie:

I: El Vampiro en su rincón

II: El Vampiro y La Bibliotecaria

III: El Vampiro y el Cazador

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El Vampiro acudía al piso del Cazador de Vampiros una vez al mes. Siempre en Luna Llena. No había ningún motivo especial para hacerlo en esa fase lunar, pero sabía que su anfitrión gustaba de los detalles cuando éstos invitaban a lo esotérico. Siempre subía por el oxidado ascensor, con una botella de calvados bajo el brazo y una bandeja de pasteles de La Mallorquina.

El Vampiro y su anfitrión daban cuenta del licor y los dulces mientras veían películas clásicas de la Hammer en VHS. La velada continuaba escuchado vinilos con el jazz de Pierre Michelot. Charlaban entre el humo de los recuerdos y el hachís. Rememoraban viejas persecuciones, crucifijo en mano y con salpicaduras de agua bendita, hasta que comenzaban a hacer recuento de las veces que habían estado a punto de acabar el uno con el otro en distintos rincones de Europa, desde un idealizado París (donde adquirieron la costumbre del calvados y comenzó la persecución) hasta aquel restaurante del barrio judío de Cracovia en el que sellaron su armisticio.

El encuentro finalizaba cuando la conversación llegaba al presente. Las voces perdían intensidad, el silencio comenzaba a conquistar el espacio a las palabras. El Cazador de Vampiros le refería de intentos de sus sobrinos por internarlo en un asilo para quedarse con aquel chollo de piso viejo, cerca de la Gran Vía. El Vampiro le hablaba de los niñatos que llenaban la noche de navajas y botellazos, de la música hortera en los bares y de lo mucho que odiaba los politonos estúpidos de los móviles (especialmente si sonaban mientras se alimentaba). Entonces, callados y con la mirada perdida, comprendían el porqué de sus reuniones mensuales, que a la postre no era otro que el mismo motivo oculto por el que nunca habían llegado a exterminarse. Ante la soledad, únicamente la presencia constante e infalible del eterno antagonista dignificaba, colmaba de sentido, las noches de existencia. Hasta llegar al paradójico extremo en el que aquella relación entre depredador y presa era lo más parecido a la amistad que podían encontrar sobre la tierra.

Otros episodios de esta serie: Crónicas de un No-Muerto

(I): El Vampiro, en su rincón

(II): El Vampiro y La Bibliotecaria

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El Vampiro, al menos una vez a la semana, sentía insoportable el vacío de su inmortalidad. En esos momentos, cuando no le saciaba la sangre de los vagabundos con sabor a cartón de vino o de los sobones profesionales del metro, acudía al apartamento de La Bibliotecaria, en Chueca.

Ella dejaba siempre abierta la ventana de la cocina. Él entraba en forma espeso humo de Farias, para disimular (hacía décadas que había abandonado la forma de murciélago, por miedo a los tirachinas). Como una serpiente etérea, cruzaba puertas, pasillos, radiadores y muebles de diseño sueco hasta llegar a los pies de la cama.

El Marido de la Bibliotecaria roncaba como un generador de gasoil. Mientras, El Vampiro se iba deslizando sibilino entre las sabanas y su esposa. La Bibliotecaria no se despertaba aun cuando El Vampiro hincaba los colmillos en el cuello con deseo; eran siglos de oficio, y la edad -aunque había mermado su ánima- había afilado sus habilidades, sobre todo aquellas que tenían que ver con escurrir el bulto o pasar desapercibido.

Ella solo recordaría un nebuloso sueño, húmedo y seductoramente brutal. Él bebía su sangre. El sobrenatural sentido del gusto del Hijo de la Noche apreciaba, disuelto entre la hemoglobina y los triglicéridos, las palabras del libro que ella estaba leyendo últimamente, y que en ese instante, era el único testigo de la escena desde la mesilla. Llegaban hasta El Vampiro frases, párrafos, capítulos, personajes y escenas, que iba devorando con el ansia del depredador hambriento.

Se frenaba en el momento justo: antes de que la debilidad de La Bibliotecaria al levantarse no fuese explicable por la anemia que -según los médicos- venía padeciendo. Le resultaba doloroso separarse de su piel cálida, de la tibieza de las palabras de su sangre, pero debía de hacerlo. Ella tenía que vivir para seguir leyendo, para continuar alimentando su sangre con líneas de texto.

Habitualmente, regresaba a su cubil de la Puerta del Sol a pie, tentando a las luces del alba. Caminaba y se relamía con los recuerdos robados, las emociones hurtadas, las frustraciones aprendidas, las victorias imposibles que saboreada en las lecturas de su secreta víctima habitual. A veces tenía remordimientos. Se decía a sí mismo que debería de dejarla en paz, buscar a otra. La culpa duraba poco. Solo hasta que volvía a sentir el insoportable el vacío de su inmortalidad, que le llevaba a la necesidad de compartir un buen libro.

Otros episodios de esta serie: Crónicas de un No-Muerto

(I): El Vampiro, en su rincón

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El Vampiro, en su rincón de aquella pensión cercana a la Puerta del Sol, contemplaba el mundo humano a través de la luz fatua de un obsoleto tubo catódico. Su mente bailaba en los salones de Queluz y jugaba en los jardines de Chantilly, mientras que sobre la imagen del presentador, correteaba una descarada cucaracha. De repente, tras la cortinilla musical del noticiario de la noche, comenzó en la pantalla un desfile de pederastas, violadores, maltratadores, asesinos -en serie, ocasionales y fortuitos-, tiranos civiles y militares, corruptos, corruptores, encubridores, malversadores, abusadores, torturadores, terroristas -de estado y apátridas-, especuladores, explotadores, integristas integrales, extremistas, conspiradores, manipuladores, generadores de opinión y marcadores de tendencias.

Ante aquella cascada aterradora, El Vampiro, cargado de amargura -y tocándose con la punta de la lengua la latente caries de su colmillo izquierdo-, se preguntaba qué lugar quedaba en la sociedad de hoy para los monstruos como él, de los de toda la vida.

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