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Archive for the ‘poesía’ Category

Paradojas

¿Por qué son ciegos los ojos de buey?

¿Por qué son sordos los sillones con orejas?

¿Por qué es mudo el canto del cisne?

Será que soy muy ceporro, pero no entiendo este mundo.

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Tras realizar el experimento empírico de dejar caer al vacío un vaso de Durelex desde una altura de tres metros sobre el nivel del mar, elaboré una hipótesis. Para corroborarla, repetí la experiencia con una docena de vasos del mismo material, teniendo mucho cuidado de que ninguna variable externa a la gravedad alterase la precipitación y destrucción por fragmentación múltiple ocurrida en el caso uno. Finalmente, pude elaborar la siguiente síntesis: los sueños están hechos de Duralex, porque al romperse, lo hacen en cientos de trozos, que salen disparados en cualquier dirección, escondiéndose en la oscuridad, saliendo solo de ella cada cierto tiempo -a ser posible, en el momento más inoportuno-, para recordarnos con su inesperada presencia que una vez formaron parte de un todo que ya no es nada, aunque con la voluntad numantina de resistirse al olvido total o la muerte por asco.

Por tanto, despreciad los cristales de Bohemia o las copas del IKEA: bebed en vasos de Duralex – brindad en ellos con caldos de Jerez, Rioja o Borgoña-, porque estos humildes vidrios son la esencia inmortal de nuestros anhelos.

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23:15

Nuestras soledades viajan en abarrotados trenes de cercanías.

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Del amor y los peces

El amor es cosa de peces. Ellos saben lo que es vivir lleno de espinas… Y morir por la boca.

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Amores veraniegos

Vagabundo y Sombra.

Sol abrasador.

Amor imposible.

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Verano de asfalto

¡Pobre Sol de ciudad!

No hay chicharras

para cantar tu gloria.

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Nada me aflige ya. ¡ Levántate para ofrecerme vino ¡ Tu boca, esta noche, es la rosa más bella del mundo. Que sea carmín como tus mejillas y haga leves mis remordimientos como ligeros son tus rizos.

Omar Khayyan

Nada me aflige ya. Es la ventaja de estar muerto, aunque solo sea clínicamente. Me veo a mí mismo, al que podría haber sido el gran Federico “El Chicuelino” , en la mesa de operaciones, sangrando como un toro… precisamente por culpa -o más bien, para ser precisos, del asta- de uno: “Berrequito”, chico, zaino y con más mala leche que el legendario “Maestro”. Una plaza de tercera en una feria de mala muerte, un toro viejo y resabiado y mucho aguardiente -“Machaquito”, como no podía ser de otra forma- me han colocado aquí, en el limbo, viendo a un grupo de enmascarados de ensangrentadas batas intentando reanimarme. Ellos no me ven -alguna ventaja habría de tener la muerte- y me acerco al enchufe de las máquinas. Hablan entre sí con sus voces ahogadas por las mascarillas, teniendo de hilo musical mi rítmico encefalograma. Las desconecto y estalla el caos. Mientras me marcho de allí, dejando mi cadáver y a un cirujano fuera de sí, pienso en la gloria que me espera: la única que me llevó de mi larga carrera como diestro, la de tener un fin como el de los grandes, una gloria que le fue negada al magno Belmonte y que me iguala a Joselito o al Paquirri: morir en la plaza.

Lástima que mi Lola no sea cantaora de coplas. Se haría de oro con esto.

<<Picha: ¡ Levántate para ofrecerme vino ¡, que estoy seco>> La misma frase. Siempre la misma frase. Cuando él llegaba, tomaba su lugar en esa cochambrosa silla de enea del fondo mientras él cantaba. Esperaba que él terminase, solo para humillarlo con un revolcón público y notorio. En cuanto él comenzaba con sus quejíos, los pobladores de las sombras de aquel local sabían que estaban ante un maestro, callaban y después de salir del éxtasis de su arte, se desvivían en alabanzas. Entonces, Miguelón “El de los Barrios”, con su voz socarrona y despreciativa -y bien alto, para que lo escuchasen todos-, le pedía a él, José “El Cebollita”, que, como un vulgar mancebo de tabernilla, le fuese a por una solera a la barra.

Y él, iba. ¿Qué otra cosa podía hacer, salvo humillarse ante su llanto echo de voz? Dios -como solía decir el viejo Pepe “El Puntañero”- le daba mocos a quien no tenía nariz y duende a todos los cabrones. Cosas de la vida y el flamenco, palabras indisociables para gentes como él. Jamás llegaría a igualarlo y siempre que a Miguelón “El de los Barrios” se le plantase en los cojones, tendría que aguantar el que lo dejase en ridículo. Su última esperanza era que al beberse -como era su costumbre- la primera copa de un solo y corto trago, no se diese cuenta de que, mientras todos solo tenían ojos para ese que podía -si hubiese sido menos borracho- haber llegado a dios del cante, había ligado el vino con un matarratas.

Tu boca, esta noche, perfilada con Maybellyn New York, tritura sistemática -pero siempre discretamente- una tapa de riñones al Jerez. Tus ojos, enmarcados en negras verjas de Rimmel London, se debaten entre mirarme a mí, al tenedor, a la cerveza o al vociferante camarero que corretea del otro lado de la barra. Me hablas, pero tus palabras no llegan a mí, pérdidas entre las risas escandalosas de los orondos calvos del fondo, el entrechocar de las copas de los chavales de al lado, del rugido constante de la vida de este local y la fantasmal presencia de la maleta llena con los fondos de tu empresa, que esperan a que termines para que me los lleve al aeropuerto, lejos de ti para siempre.

Es la rosa más bella del mundo. No hay lugar a dudas. Y es así porque la contemplo ahora, en este instante divino en que la tarde muere más allá de los árboles del parque. Yo éxito hoy, en su mismo tiempo y dimensión. Puedo tocarla, sentir su tersa piel blanca, aspirar su aroma. Somos el uno para el otro, la flor para el hombre y el hombre para la flor, y es apasionante el momento porque es efímero, como demuestra el balón del jodío niño que está jugando al fútbol aquí al lado y que se dirige hacia ti y hacia mí, para destrozarte y herirme, a una velocidad de veinte kilómetros a la hora y trazando una elegante trayectoria elíptica.

Que sea carmín, como el color de un beso. Eso es lo que quería sor Francisca Dorotea para su sonrisa, mientras se aplicaba el pintalabios imitando al reflejo en el espejo. Hacía tantos, tantos años que no sentía el tacto ceroso de esa barra de cosméticos sobre la sensible piel de los labios: una presión leve y un suave deslizamiento, su sabor al corregirlo con la propia saliva. Sabía que, como cada diez años, la Madre Superiora montaría en cólera y la conminaría a, como exigía la Regla de la Orden, prescindiese de todo afeite. Pero precisamente era esa reacción la que buscaba. Las dos habían sido del mismo barrio, fueron al mismo colegio de la Trinidad, hicieron juntas la comunión y la confirmación, igualmente unidas decidieron desposarse con Nuestro Señor Jesucristo e ingresar en la orden, incluso juntas, recién salidas del noviciado, tomaron la determinación de irse de misiones en pos de la lucha por los pobres de la Tierra y la expansión del mensaje de Paz y Amor de la Santa Madre Iglesia. Juntas también fueron a parar a esa misión perdida de Vallegrande, entre montañas, selvas y la miseria de los mineros bolivianos. Allí, la primera cosa que no hicieron la una en compañía de la otra fue precisamente la que las separó in sécula seculórum, y que a ella le encanta recordarle precisamente de esa manera los 13 de Abril de cada diez años -y ya iban tres conmemoraciones-: el mismo día que había perdido la virginidad en la sacristía de la misión con aquel apuesto y barbudo guerrillero de mirada soñadora y discurso encendido.

Pero lo que hacía excitante y reconfortante las iras de su vieja amiga y compañera no eran su supuesta vergüenza ajena y escándalo por su pertinaz manía de llevar a gala la violación de un voto sagrado, sino su oculta y corrosiva envidia y celos de haber sido la que fue finalmente escogida entre las dos por él.

Tus mejillas de trompetista, flexibles hasta un extremo casi inhumano, se hinchan hasta asemejarte a un enfurecido Pez Globo mientras que lanzas el aire a toda velocidad a través de del cuerpo de metal de tu instrumento, del que sale tu voz transformada en vibraciones del aire que sacuden la oscura calle, asustando a gatos bajo los coches y llamando a ladrar a los perros que montan guardia en los balcones. Al poco, la calle, como la bestia Argos de los cien ojos, comienza a despertar: desde sus párpados luminosos, hombres y mujeres, semidesnudos y despeinados, te insultan. Pero a ti de da igual. Has cumplido con tu misión. Te retiras, metiendo tu trompeta en tu macuto y perdiéndote en las tinieblas del alba antes de que los municipales les de por aparecer.

Te metes en un dormitante bar y pides un zumo de naranja para tomarte tu medicación, satisfecho de que has ayudado a tus prójimos, aunque ellos, ignorantes, aún no lo saben. Para los periódicos locales será una nueva actuación del no identificado Terrorista Acústico, que, según ellos, gusta de romper a las cinco de la mañana el sueño de los honrados contribuyentes con algún tipo de estridente instrumento de viento. Piensas para ti que son solo una panda de estúpidos, que no son capaces de ver más allá de sus narices. No pueden comprender tus motivos altruistas, palabra vacía en este mundo -y muy particularmente en esta ciudad-: al que madruga, Dios le ayuda.

Ojalá la noche haga leves mis remordimientos. La nocturnidad, si se considera un agravante, debe ser precisamente porque su complicidad ayuda a que uno pueda saltarse las reglas, romper con lo establecido y quebrar toda promesa para con los demás. Nervioso, acaricio la alianza en mi dedo. El tenerla allí, lacerándome la piel, es como tener sus ojos inquisidores sobre mí. Trago saliva. Hay cosas que no ella debería de ver. Saco el anillo de mi dedo y con pulso tembloroso lo guardo en mi bolsillo. Suspiro. Ahora está mejor. Ahora ya no puede verme. Jamás sabrá nada de esto. Avanzo.

La mirada de esa hipócritamente sonriente mujer, me bloquea. Las palabras no acuden a mi boca. Siéndome un imbécil integral, señalo torpemente y por fin puedo hablar: <<Una doble con queso y bacón>>… <<y patatas fritas>>…<<y tarta de manzana>>. Qué diablos, si de todas formas me voy a saltar el régimen, que sea a lo grande.

Como ligero. Son tus rizos lo que yo querría de postre, pero habré de conformarme con lo que está dentro de mi canasto para hoy: un triste e insípido pero. Desde mi sitio, veo tu torneado torso, cuyas masculinas formas se insinúan bajo la sudada camisa. Suspiro, pero para mí. Nadie sabe cuánto llevo anhelándote, ni tan siquiera tú -que ahora te ríes con el resto de los compañeros contando un chiste sobre los que son como yo-… Y solo Dios cuanto más tardaré en poderte exiliar al olvido, en vacunarme contra tus ojos vivos y tu barba mal afeitada, tu medio borrado tatuaje del Camarón henchido por el bíceps de tu poderoso brazo derecho. A veces me gustaría que el puto andamio se rompiese y diese con mi cuerpo en el vacío.

Pero solo a veces, muy de tarde en tarde.

El resto del tiempo, me conformo con poderte adorar en la distancia, entre hormigoneras y gavillas, como a la estatua de un dios atlético que resistiese desafiante entre ruinas y cascotes.

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