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Hormigas

Las hormigas sueñan revoluciones sin salirse de la fila, ni tan siquiera se plantean soltar el peso que arrastran por el bien común. En eso se parecen a los humanos… ¿O es al revés?

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Hoy me levanté con ganas de escribir.

Esta jornada pasaría a los anales de la literatura de mi despacho: comenzaría mi novela -“Zombis contra dinosaurios”: un best-seller asegurado- y me aventuraría con éxito en las sendas retorcidas de la poesía con el fin de ganarme la simpatía de los intelectuales.

Pero no pudo ser: el banco me embargó el verbo, me han recortado la partida presupuestaria para adjetivos, los nombres se han declarado en huelga, la gramática ha presentado concurso de acreedores, la sintaxis toma las calles con todos sus complementos -directos e indirectos-  para proclarmar un Descontento General; todo esto mientras las musas del Parnaso lloran por un crédito del FMI… Peste de crisis.

calaverasEl Vampiro no recordaba cuando comenzó su necesidad por coleccionar calaveras. La inmortalidad, que para quien la padece se hace una asfixiante e infinita rutina de imágenes y manías, hacía que los recuerdos se almacenasen desordenados como cachivaches en un desván. Quería pensar que la primera vez que tuvo consciencia de tener un cráneo como compañía fue el de Tasso, que compró a un monje de San Onofre  durante lo que él llamaba -irónicamente- su Período Italiano.  Aquella cabeza, sonriente y monda, fue la joya de su colección; le encantaba sentarse a pasar las horas de luz cotemplandola: donde una vez vivieron las palabras y la locura,  ahora reinaba sempiterna paz de la nada.  La misma nada que se resistía a envolverlo a él por su condición contranatura. Tal vez,  en un intento de comprender los misterios de la muerte, fue por lo que empezó su pequeño museo de cabezas ilustres; aunque tampoco descartaba la teoría de que fuese solo una morbosa afición fruto de la ociosidad, que -como solia ser usual en él- terminaba transformándose en una obsesión incómoda.

A Tasso y al resto  los perdió en Londres. Su guarida en Nothing Hill se hundió durante los bombadeos de la Gran Guerra. Fue un golpe muy duro para él. Se había acostumbrado a la familiaridad de sus risas enigmáticas.

Hubo de volver a empezar desde el principio, aunque ya no era igual. Aquellos nuevos huesos se le antojaban banales, insulsos; en más de una ocasión pensó en deshacerse de la vieja maleta de cuero en que los transportaba de un lugar a otro.  Pero nunca llegaba a hacerlo.  Un miedo atroz se apoderaba de él en cuanto pensaba en la posibilidad de regresar a su cubil, y no poderlas poner sobre la mesa o la cama, en perfecta formación, para que le mirasen directamente a los ojos, regodeándose en los costurones de su alma y memoria.

Anteriores capítulos de esta serie:

I: El Vampiro en su rincón

II: El Vampiro y La Bibliotecaria

III: El Vampiro y el Cazador

IV: Frankenstein

Ante el pozo

Pozo del desiertoEn mitad del secarral, tú y yo nos dejábamos las líneas de la vida, del amor y del dinero intentando saciar nuestra sed ante  un profundo pozo.

-Nada, esto es inútil -Dije y tiré la áspera cuerda para concentrarme en las llagas que ahora eran mis manos

Me gritaste: <<!Sigue tirando, sigue!>>

-Es inútil. – Me rendí- ¿No lo ves? Del abismo solo salen palabras sin sentido.

La loca y el mar

playa1En una isla cuyas mareas no eran para inexpertos marinos, ni aún para curtidos veraneantes, vivía una loca en una choza blanca junto a la playa. Todas las mañanas, durante la bajamar, se pasaba las horas escribiendo en la arena. A veces, dibujaba garabatos sin sentido, otras trazaba grafías en supuestos idiomas inventados; las menos veces,  trazaba palabras desordenadas y naufragas, como  recuerdos de vidas pasadas: mezquita, olivo, río y noche. Cuando el mar reclamaba su imperio, devoraba su labor con un paño sucio de espuma.

Esta loca era un caso perdido.

Fue una lástima que la mar, por despiste o crueldad, nunca devolviese a su playa ninguna de sus palabras.

Aunque yo  tengo la certeza de que, en otras calas de ínsulas distantes, cada mañana hubo marinos de torsos desnudos que descubrían, en la arena mojada que dejan las aguas, dibujos que les hablaban en silencio de ideas que nada significan en su mundo salobre: mezquita, olivo, río y noche.

A Guada

Ante el oráculo

oraculoRealizó las ofrendas a los sacerdotes y, para ganar el favor de los dioses,  pagó los mejores sacrificios .

Creso, rey de Lidia, dió un paso hacia en sanctasanctórum del oráculo. Allí formuló su pregunta.

Ante ella, Google contestó: Si cruzas el Halys, destruirás un gran imperio.

vuelve1Para que no puedas volver y encontrarme, me mudé al campo (en mitad del monte, donde duermo rodeado de grillos. Su canto siempre te crispó los nervios). Para  que no puedas llamarme, no instalé teléfono y busqué de manera concienzuda un lugar libre de cobertura para los móviles. Para que no pudieses llegar, cambié todos los carteles de dirección que llevan hasta este sitio. Incluso he cavado una zanja alrededor de la casa; y solo alimento los días impares a mis perros guardianes (lo sé, tienes miedo a los perros).

Pero, por si un día te da por volver, suelo fumigar el jardín (ya casi no quedan grillos, y menos en esta época del año). Todos los días bajo al pueblo a preguntarle al cartero si has mandado algo para mí (dejé mi nueva dirección, de forma deliberadamente descuidada, sobre la mesita de la entrada de nuestro antiguo piso). Me paro a hablar largo y tendido, de cualquier estupidez, con cada excursionista que me encuentro por los senderos (tengo que asegurarme que me han visto bien la cara y que podrían identificarme si preguntas por mi descripción a alguno de ellos).  Y, por si llega un día en que te diera por volver, quiero que sepas que siempre pongo un puente de tablas sobre la zanja que rodea mi casa (está en la parte trasera, junto a la alberca).

Ah, y ante todo, recuerda esto si tienes la necesidad de volver: hazlo en día par.