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Posts Tagged ‘bibliotecas’

El Vampiro, al menos una vez a la semana, sentía insoportable el vacío de su inmortalidad. En esos momentos, cuando no le saciaba la sangre de los vagabundos con sabor a cartón de vino o de los sobones profesionales del metro, acudía al apartamento de La Bibliotecaria, en Chueca.

Ella dejaba siempre abierta la ventana de la cocina. Él entraba en forma espeso humo de Farias, para disimular (hacía décadas que había abandonado la forma de murciélago, por miedo a los tirachinas). Como una serpiente etérea, cruzaba puertas, pasillos, radiadores y muebles de diseño sueco hasta llegar a los pies de la cama.

El Marido de la Bibliotecaria roncaba como un generador de gasoil. Mientras, El Vampiro se iba deslizando sibilino entre las sabanas y su esposa. La Bibliotecaria no se despertaba aun cuando El Vampiro hincaba los colmillos en el cuello con deseo; eran siglos de oficio, y la edad -aunque había mermado su ánima- había afilado sus habilidades, sobre todo aquellas que tenían que ver con escurrir el bulto o pasar desapercibido.

Ella solo recordaría un nebuloso sueño, húmedo y seductoramente brutal. Él bebía su sangre. El sobrenatural sentido del gusto del Hijo de la Noche apreciaba, disuelto entre la hemoglobina y los triglicéridos, las palabras del libro que ella estaba leyendo últimamente, y que en ese instante, era el único testigo de la escena desde la mesilla. Llegaban hasta El Vampiro frases, párrafos, capítulos, personajes y escenas, que iba devorando con el ansia del depredador hambriento.

Se frenaba en el momento justo: antes de que la debilidad de La Bibliotecaria al levantarse no fuese explicable por la anemia que -según los médicos- venía padeciendo. Le resultaba doloroso separarse de su piel cálida, de la tibieza de las palabras de su sangre, pero debía de hacerlo. Ella tenía que vivir para seguir leyendo, para continuar alimentando su sangre con líneas de texto.

Habitualmente, regresaba a su cubil de la Puerta del Sol a pie, tentando a las luces del alba. Caminaba y se relamía con los recuerdos robados, las emociones hurtadas, las frustraciones aprendidas, las victorias imposibles que saboreada en las lecturas de su secreta víctima habitual. A veces tenía remordimientos. Se decía a sí mismo que debería de dejarla en paz, buscar a otra. La culpa duraba poco. Solo hasta que volvía a sentir el insoportable el vacío de su inmortalidad, que le llevaba a la necesidad de compartir un buen libro.

Otros episodios de esta serie: Crónicas de un No-Muerto

(I): El Vampiro, en su rincón

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