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Posts Tagged ‘creación’

Pozo del desiertoEn mitad del secarral, tú y yo nos dejábamos las líneas de la vida, del amor y del dinero intentando saciar nuestra sed ante  un profundo pozo.

-Nada, esto es inútil -Dije y tiré la áspera cuerda para concentrarme en las llagas que ahora eran mis manos

Me gritaste: <<!Sigue tirando, sigue!>>

-Es inútil. – Me rendí- ¿No lo ves? Del abismo solo salen palabras sin sentido.

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-Hay que cortar…

-¡No!

-¡Y por lo sano!

-Joder, no me hagas esto

-Es por tu bien. Lo sabes.

-¡Pero es mi hija! ¡Mi niña! No puedo…

-¡Déjate de gilipolleces!- El Editor pegó un golpe en la mesa, haciendo saltar por los aires el gris retrato de su padre, fundador y guía (aún más allá de la tumba) de la empresa. De inmediato reparó la blasfemia, devolviendo la dignidad a la imagen del venerado progenitor, mientras que el Autor seguía retorciéndose de dolor en la silla y gimoteaba sin cesar.

-Mira, hijo.- El Editor cambió el tono. Inspiración paternal. Salió de la ciudadela de la mesa del despacho y se situó entre al Autor, que se encogió en el asiento ante su masiva presencia.- La novela es buena.

-Si es buena no le puede sobrar nada-

-Te equivocas. Esa es la diferencia entre tu trabajo y el mío. El tuyo es crear, hacer crecer una idea. Como sacar un árbol de un mondadientes. El mío es vigilar que el árbol que hagas no sea un jodido baobab. A mí me toca la parte ingrata. ¡Y encima te pago por hacerte yo esa labor! Definitivamente, me dedico a esto por amor a mi padre. Este negocio no tiene sentido.

– Pero…

-Ni peros, ni nada. La novela es buena. Te lo digo yo, que de esto sé un rato. Si mi padre estuviese aquí, te diría lo mismo: chico, ese material es de primera, pero le sobran, como mínimo, veinte mil palabras, cuarenta y siete personajes, ciento dos notas a pie de página. Ah, y la mitad del prólogo. Eso te diría El Viejo. Él te quitaría también el Epílogo de un plumazo. Yo soy un blando; con que solo me lo dejes en mil quinientas palabras, pasa.

Al escuchar las cifras, el Autor sintió arcadas. Apenas se contuvo tapándose la boca con ambas manos.

-Si no te ves capaz de pulir tu obra, no te preocupes. Tengo a una correctora perfecta para este trabajo: María Sierra.

El escuchar aquel nombre maldito, hizo que una gota de sudor helado se recorriese la columna vertebral.

“La Moto-Sierra” no mutilará mi obra. No. Jamás. Prefiero hacerlo yo.

-Mejor. Para ti y para mí. Venga, toma el borrador y tráemelo en cuanto lo tengas. No hay prisa. A tu ritmo. Pero sería estupendo que estuviese en quince días. Si es menos, mejor.- cogió el teléfono, guiñó un ojo y dio la reunión por acabada.

El Autor, arrastrando una novela diagnosticada de hidropesía, dejó al editor hablando de paddel. Se alejó de la selva de torres de cristal que nacían en el centro de la ciudad. Volvió a su piso en metro. Antes de subir, pasó por la tienda de la esquina; ante la perenne sonrisa del chino que la regentaba, plantó seis botellas de vino de La Rioja, pan de molde y unas tijeras grandes. Así pertrechado, se encerró junto a un gato de angora.

Con la paciencia de un jardinero inglés fue recortando, frase a frase, párrafo a párrafo, todo aquello que parecía desechable en la historia. Luego, volvía a componer las páginas mutiladas con celofán. De tanto en tanto, hacía una pausa en su labor y recogía con cuidado los fragmentos y retales de su obra, colocándolos en bandejas, cuencos y ensaladeras. A la noche, los tomaba para preparar sándwiches de palabras desterradas, bien aderezados, según le dictase el capricho, con salsa mayonesa o tártara. El Rioja ayudaba la digestión y paliaba la culpa de parricida fagocitador.

En trece días la tarea estuvo completada. Un número horrible para un acto ominoso. Se presentó ante el Editor con una suerte de libro a medio devorar, con capítulos llenos de muñones y párrafos remendados como un soldado en una trinchera. Pero lo que más espantó a todos los seres vivos que lo vieron aquella mañana treceava, empezando por su gato de angora, siguiendo por los anónimos compañeros de metro y terminando por los empleados de la editorial, no fue el penoso estado del manuscrito, sino el estrago que la dieta infame de carroña literaria había provocado en el infeliz Autor: por toda su piel, entre pliegues, manchas y bellos, habían brotado por miríadas unas peculiares pecas parduscas. Si se superaba la comprensible reacción de repelús ante esa innatural presencia, podía identificarse en cada una el perfecto grafema de una Times New Roman, tamaño ocho. A través de ellas, los pasajes y personajes condenados al olvido eterno de aquella novela, gritaban su existencia al universo.

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Cuando El Náufrago Estelar tomó consciencia de que estaba condenado a muerte, se puso a escribir. Febril, hablaba sin parar. El ordenador de abordo transformaba su voz en textos. Éstos flotaban a su alrededor, como habitantes del Hades, en las pantallas holográficas de la cabina.

Mientras, la nave -apenas una mosca de radiación en los telescopios de La Frontera-, iba acercándose a las redes del disco de acreación del agujero negro Cygnus X1. Alguien había manipulado los cálculos en el salto espacio-tiempo a través del puente Einstein-Rosen. Un sabotaje. Un maldito sabotaje… Cuando menos -se consoló El Náufrago Estelar-, aquel incidente provocado (uno de tantos de La Guerra), lo había llevado a contemplar uno de los espectáculos que el Universo solo reserva a Dios y a las Inteligencias Artificiales de las agencias espaciales: antes que a él, aquel Caribdis cósmico estaba devorando al sistema planetario Gliese 581. Ver desaparecer una enana roja entre los brillantes jets azules de los polos magnéticos de aquel monstruo fue algo insuperable. Una de esas visiones que bien merece el pago de una pequeña vida humana.

Quizás fue ese momento de destrucción suprema lo que le llevó a la necesidad de crear. Algo, lo que fuese. Tal vez El Náufrago Estelar necesitaba dejar constancia de su paso por las galaxias, como un niño grabando unas iniciales en la corteza de un árbol. O puede que intentase llenar el vacío del espacio, la ausencia de materia que provocaba la presencia hipnotizadora de aquella aberración de la Ley de la Relatividad, con sus solas palabras.

Para cuando cruzó el horizonte de sucesos, precipitándose al abismo de lo imposiblemente denso, lo hizo acompañado con un mundo aún incompleto de personajes, situaciones, anécdotas, poemas, acciones y descripciones. Su último pensamiento -cargado de esperanza- antes de pasar a ser una emisión de rayos X fue para los mensajes que había ido enviando, día a día, con sus creaciones usando las últimas reservas de energía de la nave. Así, los hijos de su ingenio vibrarían entre la materia oscura, como un pulsar que dejaba un destello de su existencia en el firmamento, justo antes de perderse en el infinito de la noche.

Dedicado a mi buen amigo “palabras”

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Bocetos

El Artista terminó de planificar su Obra Magna. Solo le llevaría 43800 horas. Comenzó de inmediato. Su móvil vibró. Miró la llamada. Salió. La Obra Magna y El Artísta jamás volvierón a encontrarse.

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Escribir

Escribir es hablar con quien no puede -o quiere- escucharte

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Espera

Zumbido de máquinas,

Voz de radio lejana.

Las palabras se retrasan.

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