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playa1En una isla cuyas mareas no eran para inexpertos marinos, ni aún para curtidos veraneantes, vivía una loca en una choza blanca junto a la playa. Todas las mañanas, durante la bajamar, se pasaba las horas escribiendo en la arena. A veces, dibujaba garabatos sin sentido, otras trazaba grafías en supuestos idiomas inventados; las menos veces,  trazaba palabras desordenadas y naufragas, como  recuerdos de vidas pasadas: mezquita, olivo, río y noche. Cuando el mar reclamaba su imperio, devoraba su labor con un paño sucio de espuma.

Esta loca era un caso perdido.

Fue una lástima que la mar, por despiste o crueldad, nunca devolviese a su playa ninguna de sus palabras.

Aunque yo  tengo la certeza de que, en otras calas de ínsulas distantes, cada mañana hubo marinos de torsos desnudos que descubrían, en la arena mojada que dejan las aguas, dibujos que les hablaban en silencio de ideas que nada significan en su mundo salobre: mezquita, olivo, río y noche.

A Guada

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El litoral de Itaca era un grillete cerrado tan fuertemente sobre su cuello que no le dejaba respirar. Debía huir de allí.

Telémaco, borracho de arrogancia y enfermo de ambición, se apoderó del trono declarando loco a su padre. ¿Y cómo el viejo rey no iba a estar loco? Cuando aún se sentía en el ambiente el hedor de la pira de Penélope, empezó los preparativos para partir.

-Para él los olivos, las cabras, las vides, las rocas, los lagartos -pensó Odiseo-. A mí dejadme el mar.

Ya nada lo retenía en aquel islote a la deriva.

Durante semanas, reparó una vieja barca de pescadores en una cala olvidada. Como compañía tuvo un viejo perro, sin olfato ni nombre, y un hombre errabundo, un vate de voz profunda y ojos muertos que se hacía llamar Homero. Éste, cuidadano de ningún lugar, había acabado en la remota Itacar por un escándalo relacionado con la virtud de ciertos efebos en la corte de Micenas. Por su condición de poeta e invidente, no le fue de mucha ayuda a Odiseo para calafatear el casco o coser la vela, pero sí se convirtió en una agradable compañía, un oído atento para sus experiencias -vividas o prestadas-, ya versasen sobre la Guerra de Troya y los azares de los barcos en el regreso a los reinos de Grecia, con bodegas y cubiertas vencidas por las riquezas del saqueo; o fuesen simples relatos noctámbulos de marinos y mercaderes, que en sus cráteras de vino evocaban costas agrestes donde rugían los cíclopes, trampas de arena ocultas tras el cantar seductor de las sirenas o islas fantásticas, vetadas a los mortales, que aparecían a capricho en el horizonte.

Odiseo zarpó al alba de un día cualquiera. Solo. El perro sin nombre olisqueó la brisa sin éxito y ladró. Homero, el recitador de versos, calló y lo despidió agitando la mano en dirección al rumor de las olas. Eolo había mandado a los vientos para que perdiesen la nave del Hijo de Laertes en el imperio de Poseidón.

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Polvo somos..

-Polvo somos y en polvo nos convertimos- dije para sorpresa de mis compañeros de mesa -y de mí mismo- mientras saboreaba el humeante pescado en la terraza junto al río.

… Si quieres saber cómo sigue este microrelato, sigue este link.

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