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Posts Tagged ‘mitología’

¡Ni hablar! No me sacrifiqué para “ésto”. Años de preparación, décadas de confinamiento, siglos de espera y todo para una imbecilidad.

NO. N-O. ¿Te enteras?. Me niego.

Acepté esta profesión para levantar palacios de marfil en una sola noche, bajar estrellas de los cielos,  torcer la voluntad de la Muerte y convertir el carbón en diamantes. Ese era mi fin al dejarme encerrar en una botella bajo el sello de Suleyman.  Quería hacer de la Tierra un lugar más hermoso, lleno de mágia, donde fuese posible todo aquello que alguien pudiese soñar.

Así que lo dicho: ni hablar. No pienso desperdiciar mis poderes de ifrit en alargarte el pene. Ya puedes ir cerrando la puta botella y enterrandome otra vez en la arena.

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oraculoRealizó las ofrendas a los sacerdotes y, para ganar el favor de los dioses,  pagó los mejores sacrificios .

Creso, rey de Lidia, dió un paso hacia en sanctasanctórum del oráculo. Allí formuló su pregunta.

Ante ella, Google contestó: Si cruzas el Halys, destruirás un gran imperio.

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Sansón y Dalila

-Rápame. Al cero.

-Pero…

-Si de verdad me quieres, déjame como una bola de billar.

-Amor, ya no seras tú.

-Precisamente por eso. Quiero dejar de ser yo, ser otro. Totalmente nuevo, alguien que sólo te pertenezca a ti.

Dalila, con ojos vidriosos, comenzó a pelar a Sansón en el cuarto de baño. Zumbaba la maquinilla como un enjambre de avispas venenosas. A cada mata de pelo que veía caer de su gran cabezota a través a del espejo, se sentía más libre. Cuando Dalila acabó, el suelo estaba invadido por peludos monstruos negros. Entre ellos yacía aquello que él consideraba su maldición.

Sansón se abrazó a ella, sin sospechar que seis pisos más abajo, en el portal, los filisteos amartillaban las pistolas y llamaban al ascensor.

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Sísifo

Sísifo arrastra su condena por las calles del Tártaro. Cuando las fuerzas le fallan, si parece que es incapaz de dar un paso más, las arpías lo llaman al móvil. De inmediato se incorpora. Sudando, coge el maletín y sigue la infinita carrera a ninguna parte.

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El litoral de Itaca era un grillete cerrado tan fuertemente sobre su cuello que no le dejaba respirar. Debía huir de allí.

Telémaco, borracho de arrogancia y enfermo de ambición, se apoderó del trono declarando loco a su padre. ¿Y cómo el viejo rey no iba a estar loco? Cuando aún se sentía en el ambiente el hedor de la pira de Penélope, empezó los preparativos para partir.

-Para él los olivos, las cabras, las vides, las rocas, los lagartos -pensó Odiseo-. A mí dejadme el mar.

Ya nada lo retenía en aquel islote a la deriva.

Durante semanas, reparó una vieja barca de pescadores en una cala olvidada. Como compañía tuvo un viejo perro, sin olfato ni nombre, y un hombre errabundo, un vate de voz profunda y ojos muertos que se hacía llamar Homero. Éste, cuidadano de ningún lugar, había acabado en la remota Itacar por un escándalo relacionado con la virtud de ciertos efebos en la corte de Micenas. Por su condición de poeta e invidente, no le fue de mucha ayuda a Odiseo para calafatear el casco o coser la vela, pero sí se convirtió en una agradable compañía, un oído atento para sus experiencias -vividas o prestadas-, ya versasen sobre la Guerra de Troya y los azares de los barcos en el regreso a los reinos de Grecia, con bodegas y cubiertas vencidas por las riquezas del saqueo; o fuesen simples relatos noctámbulos de marinos y mercaderes, que en sus cráteras de vino evocaban costas agrestes donde rugían los cíclopes, trampas de arena ocultas tras el cantar seductor de las sirenas o islas fantásticas, vetadas a los mortales, que aparecían a capricho en el horizonte.

Odiseo zarpó al alba de un día cualquiera. Solo. El perro sin nombre olisqueó la brisa sin éxito y ladró. Homero, el recitador de versos, calló y lo despidió agitando la mano en dirección al rumor de las olas. Eolo había mandado a los vientos para que perdiesen la nave del Hijo de Laertes en el imperio de Poseidón.

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