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Posts Tagged ‘noches’

El Vampiro acudía al piso del Cazador de Vampiros una vez al mes. Siempre en Luna Llena. No había ningún motivo especial para hacerlo en esa fase lunar, pero sabía que su anfitrión gustaba de los detalles cuando éstos invitaban a lo esotérico. Siempre subía por el oxidado ascensor, con una botella de calvados bajo el brazo y una bandeja de pasteles de La Mallorquina.

El Vampiro y su anfitrión daban cuenta del licor y los dulces mientras veían películas clásicas de la Hammer en VHS. La velada continuaba escuchado vinilos con el jazz de Pierre Michelot. Charlaban entre el humo de los recuerdos y el hachís. Rememoraban viejas persecuciones, crucifijo en mano y con salpicaduras de agua bendita, hasta que comenzaban a hacer recuento de las veces que habían estado a punto de acabar el uno con el otro en distintos rincones de Europa, desde un idealizado París (donde adquirieron la costumbre del calvados y comenzó la persecución) hasta aquel restaurante del barrio judío de Cracovia en el que sellaron su armisticio.

El encuentro finalizaba cuando la conversación llegaba al presente. Las voces perdían intensidad, el silencio comenzaba a conquistar el espacio a las palabras. El Cazador de Vampiros le refería de intentos de sus sobrinos por internarlo en un asilo para quedarse con aquel chollo de piso viejo, cerca de la Gran Vía. El Vampiro le hablaba de los niñatos que llenaban la noche de navajas y botellazos, de la música hortera en los bares y de lo mucho que odiaba los politonos estúpidos de los móviles (especialmente si sonaban mientras se alimentaba). Entonces, callados y con la mirada perdida, comprendían el porqué de sus reuniones mensuales, que a la postre no era otro que el mismo motivo oculto por el que nunca habían llegado a exterminarse. Ante la soledad, únicamente la presencia constante e infalible del eterno antagonista dignificaba, colmaba de sentido, las noches de existencia. Hasta llegar al paradójico extremo en el que aquella relación entre depredador y presa era lo más parecido a la amistad que podían encontrar sobre la tierra.

Otros episodios de esta serie: Crónicas de un No-Muerto

(I): El Vampiro, en su rincón

(II): El Vampiro y La Bibliotecaria

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El Vampiro, al menos una vez a la semana, sentía insoportable el vacío de su inmortalidad. En esos momentos, cuando no le saciaba la sangre de los vagabundos con sabor a cartón de vino o de los sobones profesionales del metro, acudía al apartamento de La Bibliotecaria, en Chueca.

Ella dejaba siempre abierta la ventana de la cocina. Él entraba en forma espeso humo de Farias, para disimular (hacía décadas que había abandonado la forma de murciélago, por miedo a los tirachinas). Como una serpiente etérea, cruzaba puertas, pasillos, radiadores y muebles de diseño sueco hasta llegar a los pies de la cama.

El Marido de la Bibliotecaria roncaba como un generador de gasoil. Mientras, El Vampiro se iba deslizando sibilino entre las sabanas y su esposa. La Bibliotecaria no se despertaba aun cuando El Vampiro hincaba los colmillos en el cuello con deseo; eran siglos de oficio, y la edad -aunque había mermado su ánima- había afilado sus habilidades, sobre todo aquellas que tenían que ver con escurrir el bulto o pasar desapercibido.

Ella solo recordaría un nebuloso sueño, húmedo y seductoramente brutal. Él bebía su sangre. El sobrenatural sentido del gusto del Hijo de la Noche apreciaba, disuelto entre la hemoglobina y los triglicéridos, las palabras del libro que ella estaba leyendo últimamente, y que en ese instante, era el único testigo de la escena desde la mesilla. Llegaban hasta El Vampiro frases, párrafos, capítulos, personajes y escenas, que iba devorando con el ansia del depredador hambriento.

Se frenaba en el momento justo: antes de que la debilidad de La Bibliotecaria al levantarse no fuese explicable por la anemia que -según los médicos- venía padeciendo. Le resultaba doloroso separarse de su piel cálida, de la tibieza de las palabras de su sangre, pero debía de hacerlo. Ella tenía que vivir para seguir leyendo, para continuar alimentando su sangre con líneas de texto.

Habitualmente, regresaba a su cubil de la Puerta del Sol a pie, tentando a las luces del alba. Caminaba y se relamía con los recuerdos robados, las emociones hurtadas, las frustraciones aprendidas, las victorias imposibles que saboreada en las lecturas de su secreta víctima habitual. A veces tenía remordimientos. Se decía a sí mismo que debería de dejarla en paz, buscar a otra. La culpa duraba poco. Solo hasta que volvía a sentir el insoportable el vacío de su inmortalidad, que le llevaba a la necesidad de compartir un buen libro.

Otros episodios de esta serie: Crónicas de un No-Muerto

(I): El Vampiro, en su rincón

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