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Posts Tagged ‘palabras’

Paradojas

¿Por qué son ciegos los ojos de buey?

¿Por qué son sordos los sillones con orejas?

¿Por qué es mudo el canto del cisne?

Será que soy muy ceporro, pero no entiendo este mundo.

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Fracaso: dícese de lo que ocurre cuando un frac empeña hasta su última consonante para apostar al caballo que acaba el último en las carreras de Ascot.

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Pozo del desiertoEn mitad del secarral, tú y yo nos dejábamos las líneas de la vida, del amor y del dinero intentando saciar nuestra sed ante  un profundo pozo.

-Nada, esto es inútil -Dije y tiré la áspera cuerda para concentrarme en las llagas que ahora eran mis manos

Me gritaste: <<!Sigue tirando, sigue!>>

-Es inútil. – Me rendí- ¿No lo ves? Del abismo solo salen palabras sin sentido.

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playa1En una isla cuyas mareas no eran para inexpertos marinos, ni aún para curtidos veraneantes, vivía una loca en una choza blanca junto a la playa. Todas las mañanas, durante la bajamar, se pasaba las horas escribiendo en la arena. A veces, dibujaba garabatos sin sentido, otras trazaba grafías en supuestos idiomas inventados; las menos veces,  trazaba palabras desordenadas y naufragas, como  recuerdos de vidas pasadas: mezquita, olivo, río y noche. Cuando el mar reclamaba su imperio, devoraba su labor con un paño sucio de espuma.

Esta loca era un caso perdido.

Fue una lástima que la mar, por despiste o crueldad, nunca devolviese a su playa ninguna de sus palabras.

Aunque yo  tengo la certeza de que, en otras calas de ínsulas distantes, cada mañana hubo marinos de torsos desnudos que descubrían, en la arena mojada que dejan las aguas, dibujos que les hablaban en silencio de ideas que nada significan en su mundo salobre: mezquita, olivo, río y noche.

A Guada

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El profesor Grashov dejó de existir durante siete años, seis meses, una semana y dos días. En ese tiempo fue solo un número, del cual colgaban dos brazos para trabajar.

Aquellos que lo conocieron como preso y lograron sobrevivir a las purgas de El Régimen, dicen de él que a pesar de ser arrancado del mundo a golpes, torturado en sótanos rezumantes de dolor y ver reducida la humanidad a un saco de huesos macilentos, no perdió ni por un instante un peculiar brillo en los ojos, una chispa de dignidad e inteligencia que se resistía a morir ante el vendaval de la brutalidad. Fue un ejemplo para muchos. Un faro en la noche perpetua de los Campos de Reeducación.

Años más tarde, tras sus multitudinarias conferencias o en las recepciones de las embajadas, no faltaban periodistas y curiosos que abordaban el tema de su disidencia y la larga estancia en prisión, para acabar preguntando por el secreto de aquella legendaria fortaleza intelectual y moral. El envejecido profesor Grashov sonreía amargamente y, si la audiencia lo merecía, les contaba siempre la misma historia:

Lo detuvieron en casa, de noche. Invariablemente venían de noche, entre el ladrido de los perros. Lo sacaron a rastras del despacho. Sobre la mesa quedó el libro que estaba leyendo. Antes de que le tapasen la cabeza y lo esposasen, solo tuvo tiempo de arrancar la última página y metérsela en la boca. El libro, huérfano y mutilado, murió poco después pasto de las llamas, junto con el resto volúmenes sediciosos y contrarios a la moral que albergaba en la biblioteca. Durante los días más oscuros que le tocó vivir, el único objeto que existía en su mente era aquella página, que ocultaba en el cuerpo o en los recovecos de la celda como un peligroso objeto de contrabando. Cuando sufría descargas eléctricas sobre la mesa de interrogatorios o la espalda se negaba a seguir cargando peso, dejaba volar la imaginación hacia su tesoro más preciado, la última posesión que le quedaba sobre la faz de la tierra: una simple hoja de papel impreso por las dos caras que, como él mismo, de invierno en invierno se tornaba más amarillenta, arrugada y sucia.

Un día, igual de gris que los demás, llegaron camiones con gente armada, agitando nuevas banderas y pegando tiros al aire. Los guardias huyeron o cambiaron de bando delatando los crímenes de sus superiores o fueron fusilados o todo a la vez. El Régimen había caído. Otra Revolución había triunfado. Ellos, los presos, los subhumanos, los sin nombre, los desaparecidos, los olvidados, eran libres al fin.

La mayoría no sabía qué hacer con esa libertad. Algunos siguieron con el inútil trabajo del campo, únicamente dejaron las herramientas a punta de fusil. Ya no entendían más lenguaje que el de la violencia. Grashov, en mitad del barro y del caos, se sentó sobre una piedra, desplegó aquella página redentora, y comenzó a pasar una mirada miope sobre las últimas palabras vivas de aquel ejemplar prohibido. Había esperado siete años, seis meses, una semana y dos días para culminar una pírrica esperanza, que al cabo fue lo único que mantuvo a flote su cordura: terminar de leer aquel libro.

Texto publicado y comentado originalmente en Prosófagos.

A todas las personas que desde allí enriquecieron y ayudaron a pulir este relato, toda mi gratitud.

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Cuenca. Loro del Brasil logra enseñar a hablar a su dueño. Declara: “Ha sido un gran paso, pero queda lo más dificil: conseguir que pueda mantener una conversación inteligente”.

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Cuando El Náufrago Estelar tomó consciencia de que estaba condenado a muerte, se puso a escribir. Febril, hablaba sin parar. El ordenador de abordo transformaba su voz en textos. Éstos flotaban a su alrededor, como habitantes del Hades, en las pantallas holográficas de la cabina.

Mientras, la nave -apenas una mosca de radiación en los telescopios de La Frontera-, iba acercándose a las redes del disco de acreación del agujero negro Cygnus X1. Alguien había manipulado los cálculos en el salto espacio-tiempo a través del puente Einstein-Rosen. Un sabotaje. Un maldito sabotaje… Cuando menos -se consoló El Náufrago Estelar-, aquel incidente provocado (uno de tantos de La Guerra), lo había llevado a contemplar uno de los espectáculos que el Universo solo reserva a Dios y a las Inteligencias Artificiales de las agencias espaciales: antes que a él, aquel Caribdis cósmico estaba devorando al sistema planetario Gliese 581. Ver desaparecer una enana roja entre los brillantes jets azules de los polos magnéticos de aquel monstruo fue algo insuperable. Una de esas visiones que bien merece el pago de una pequeña vida humana.

Quizás fue ese momento de destrucción suprema lo que le llevó a la necesidad de crear. Algo, lo que fuese. Tal vez El Náufrago Estelar necesitaba dejar constancia de su paso por las galaxias, como un niño grabando unas iniciales en la corteza de un árbol. O puede que intentase llenar el vacío del espacio, la ausencia de materia que provocaba la presencia hipnotizadora de aquella aberración de la Ley de la Relatividad, con sus solas palabras.

Para cuando cruzó el horizonte de sucesos, precipitándose al abismo de lo imposiblemente denso, lo hizo acompañado con un mundo aún incompleto de personajes, situaciones, anécdotas, poemas, acciones y descripciones. Su último pensamiento -cargado de esperanza- antes de pasar a ser una emisión de rayos X fue para los mensajes que había ido enviando, día a día, con sus creaciones usando las últimas reservas de energía de la nave. Así, los hijos de su ingenio vibrarían entre la materia oscura, como un pulsar que dejaba un destello de su existencia en el firmamento, justo antes de perderse en el infinito de la noche.

Dedicado a mi buen amigo “palabras”

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