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El profesor Grashov dejó de existir durante siete años, seis meses, una semana y dos días. En ese tiempo fue solo un número, del cual colgaban dos brazos para trabajar.

Aquellos que lo conocieron como preso y lograron sobrevivir a las purgas de El Régimen, dicen de él que a pesar de ser arrancado del mundo a golpes, torturado en sótanos rezumantes de dolor y ver reducida la humanidad a un saco de huesos macilentos, no perdió ni por un instante un peculiar brillo en los ojos, una chispa de dignidad e inteligencia que se resistía a morir ante el vendaval de la brutalidad. Fue un ejemplo para muchos. Un faro en la noche perpetua de los Campos de Reeducación.

Años más tarde, tras sus multitudinarias conferencias o en las recepciones de las embajadas, no faltaban periodistas y curiosos que abordaban el tema de su disidencia y la larga estancia en prisión, para acabar preguntando por el secreto de aquella legendaria fortaleza intelectual y moral. El envejecido profesor Grashov sonreía amargamente y, si la audiencia lo merecía, les contaba siempre la misma historia:

Lo detuvieron en casa, de noche. Invariablemente venían de noche, entre el ladrido de los perros. Lo sacaron a rastras del despacho. Sobre la mesa quedó el libro que estaba leyendo. Antes de que le tapasen la cabeza y lo esposasen, solo tuvo tiempo de arrancar la última página y metérsela en la boca. El libro, huérfano y mutilado, murió poco después pasto de las llamas, junto con el resto volúmenes sediciosos y contrarios a la moral que albergaba en la biblioteca. Durante los días más oscuros que le tocó vivir, el único objeto que existía en su mente era aquella página, que ocultaba en el cuerpo o en los recovecos de la celda como un peligroso objeto de contrabando. Cuando sufría descargas eléctricas sobre la mesa de interrogatorios o la espalda se negaba a seguir cargando peso, dejaba volar la imaginación hacia su tesoro más preciado, la última posesión que le quedaba sobre la faz de la tierra: una simple hoja de papel impreso por las dos caras que, como él mismo, de invierno en invierno se tornaba más amarillenta, arrugada y sucia.

Un día, igual de gris que los demás, llegaron camiones con gente armada, agitando nuevas banderas y pegando tiros al aire. Los guardias huyeron o cambiaron de bando delatando los crímenes de sus superiores o fueron fusilados o todo a la vez. El Régimen había caído. Otra Revolución había triunfado. Ellos, los presos, los subhumanos, los sin nombre, los desaparecidos, los olvidados, eran libres al fin.

La mayoría no sabía qué hacer con esa libertad. Algunos siguieron con el inútil trabajo del campo, únicamente dejaron las herramientas a punta de fusil. Ya no entendían más lenguaje que el de la violencia. Grashov, en mitad del barro y del caos, se sentó sobre una piedra, desplegó aquella página redentora, y comenzó a pasar una mirada miope sobre las últimas palabras vivas de aquel ejemplar prohibido. Había esperado siete años, seis meses, una semana y dos días para culminar una pírrica esperanza, que al cabo fue lo único que mantuvo a flote su cordura: terminar de leer aquel libro.

Texto publicado y comentado originalmente en Prosófagos.

A todas las personas que desde allí enriquecieron y ayudaron a pulir este relato, toda mi gratitud.

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