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Posts Tagged ‘soledad’

vuelve1Para que no puedas volver y encontrarme, me mudé al campo (en mitad del monte, donde duermo rodeado de grillos. Su canto siempre te crispó los nervios). Para  que no puedas llamarme, no instalé teléfono y busqué de manera concienzuda un lugar libre de cobertura para los móviles. Para que no pudieses llegar, cambié todos los carteles de dirección que llevan hasta este sitio. Incluso he cavado una zanja alrededor de la casa; y solo alimento los días impares a mis perros guardianes (lo sé, tienes miedo a los perros).

Pero, por si un día te da por volver, suelo fumigar el jardín (ya casi no quedan grillos, y menos en esta época del año). Todos los días bajo al pueblo a preguntarle al cartero si has mandado algo para mí (dejé mi nueva dirección, de forma deliberadamente descuidada, sobre la mesita de la entrada de nuestro antiguo piso). Me paro a hablar largo y tendido, de cualquier estupidez, con cada excursionista que me encuentro por los senderos (tengo que asegurarme que me han visto bien la cara y que podrían identificarme si preguntas por mi descripción a alguno de ellos).  Y, por si llega un día en que te diera por volver, quiero que sepas que siempre pongo un puente de tablas sobre la zanja que rodea mi casa (está en la parte trasera, junto a la alberca).

Ah, y ante todo, recuerda esto si tienes la necesidad de volver: hazlo en día par.

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frankensteinBajo una lluvia sucia, El Vampiro conoció a Frankenstein. Él estaba tirado en la acera de la calle de Goya, mientras tres skins le machacaban las costillas. Lo atacaron como lobos, surgiendo de la oscuridad con sus mandíbulas babeando cerveza e insultos. Antes de que pudiese echar a correr lo derribaron rompiéndole una botella en la cabeza. Entre relámpagos de dolor, solo esperaba que terminasen de vomitar sobre él toda ira que llevaban en sus entrañas por la derrota del Real Madrid, y que se fuesen, dejándolo allí para ser devorado por las sombras.

Pero la Luna, alcahueta de  monstruos, quiso que Franky pasase por allí. Había acabado un trabajo en casa de un cliente y volvía a su puesto en la calle Montera. Podía haber cambiado de acera, dado la vuelta o, como el resto de la ciudad,  ignorar lo que estaba ocurriendo. En lugar de eso, sin saber muy bien porqué, fue directa hacia la manada de neonazis y, jugando la baza de la sorpresa, irrumpió entre ellos con su zapato de plataforma como arma. Dos cayeron a los primeros golpes.  El tercero huyó aullando venganza.

Franky ayudó al Vampiro a incorporarse, le secó la sangre de la boca y acarició con ternura su pegajosa melena. Se reconocieron al instante. No tuvieron nada que decir. Franky agarró al Vampiro por debajo del brazo, paró un oportuno taxi y se lo llevó a su piso de El Pozo. Allí le dejó darse una ducha mientras calentaba una sopa con sabor a prisa. Abrió una botella de un vino apátrida y le dejó un hueco en su sofá de plástico rosa. Al rato, el Vampiro dormitaba sobre el enorme regazo  de la Frankenstein de La Chana. Así la llamaban las compañeras de oficio por los estragos, que ya comenzaban a ser visibles, de su adicción a las inyecciones de silicona.

Cuando El Vampiro se despertó, se amaron en silencio hasta el alba, con la desesperación de aquellos que se saben sin lugar en el mundo a la luz del día.

Gracias a Ángel (palabras), que hizo un hueco en su novela-blog para ayudarme a sacar adelante este pequeño relato.

Anteriores capítulos de esta serie:

I: El Vampiro en su rincón

II: El Vampiro y La Bibliotecaria

III: El Vampiro y el Cazador

También puedes seguir esta serie de relatos en “Sevilla Escribe”


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Sísifo

Sísifo arrastra su condena por las calles del Tártaro. Cuando las fuerzas le fallan, si parece que es incapaz de dar un paso más, las arpías lo llaman al móvil. De inmediato se incorpora. Sudando, coge el maletín y sigue la infinita carrera a ninguna parte.

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23:15

Nuestras soledades viajan en abarrotados trenes de cercanías.

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El litoral de Itaca era un grillete cerrado tan fuertemente sobre su cuello que no le dejaba respirar. Debía huir de allí.

Telémaco, borracho de arrogancia y enfermo de ambición, se apoderó del trono declarando loco a su padre. ¿Y cómo el viejo rey no iba a estar loco? Cuando aún se sentía en el ambiente el hedor de la pira de Penélope, empezó los preparativos para partir.

-Para él los olivos, las cabras, las vides, las rocas, los lagartos -pensó Odiseo-. A mí dejadme el mar.

Ya nada lo retenía en aquel islote a la deriva.

Durante semanas, reparó una vieja barca de pescadores en una cala olvidada. Como compañía tuvo un viejo perro, sin olfato ni nombre, y un hombre errabundo, un vate de voz profunda y ojos muertos que se hacía llamar Homero. Éste, cuidadano de ningún lugar, había acabado en la remota Itacar por un escándalo relacionado con la virtud de ciertos efebos en la corte de Micenas. Por su condición de poeta e invidente, no le fue de mucha ayuda a Odiseo para calafatear el casco o coser la vela, pero sí se convirtió en una agradable compañía, un oído atento para sus experiencias -vividas o prestadas-, ya versasen sobre la Guerra de Troya y los azares de los barcos en el regreso a los reinos de Grecia, con bodegas y cubiertas vencidas por las riquezas del saqueo; o fuesen simples relatos noctámbulos de marinos y mercaderes, que en sus cráteras de vino evocaban costas agrestes donde rugían los cíclopes, trampas de arena ocultas tras el cantar seductor de las sirenas o islas fantásticas, vetadas a los mortales, que aparecían a capricho en el horizonte.

Odiseo zarpó al alba de un día cualquiera. Solo. El perro sin nombre olisqueó la brisa sin éxito y ladró. Homero, el recitador de versos, calló y lo despidió agitando la mano en dirección al rumor de las olas. Eolo había mandado a los vientos para que perdiesen la nave del Hijo de Laertes en el imperio de Poseidón.

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El Vampiro acudía al piso del Cazador de Vampiros una vez al mes. Siempre en Luna Llena. No había ningún motivo especial para hacerlo en esa fase lunar, pero sabía que su anfitrión gustaba de los detalles cuando éstos invitaban a lo esotérico. Siempre subía por el oxidado ascensor, con una botella de calvados bajo el brazo y una bandeja de pasteles de La Mallorquina.

El Vampiro y su anfitrión daban cuenta del licor y los dulces mientras veían películas clásicas de la Hammer en VHS. La velada continuaba escuchado vinilos con el jazz de Pierre Michelot. Charlaban entre el humo de los recuerdos y el hachís. Rememoraban viejas persecuciones, crucifijo en mano y con salpicaduras de agua bendita, hasta que comenzaban a hacer recuento de las veces que habían estado a punto de acabar el uno con el otro en distintos rincones de Europa, desde un idealizado París (donde adquirieron la costumbre del calvados y comenzó la persecución) hasta aquel restaurante del barrio judío de Cracovia en el que sellaron su armisticio.

El encuentro finalizaba cuando la conversación llegaba al presente. Las voces perdían intensidad, el silencio comenzaba a conquistar el espacio a las palabras. El Cazador de Vampiros le refería de intentos de sus sobrinos por internarlo en un asilo para quedarse con aquel chollo de piso viejo, cerca de la Gran Vía. El Vampiro le hablaba de los niñatos que llenaban la noche de navajas y botellazos, de la música hortera en los bares y de lo mucho que odiaba los politonos estúpidos de los móviles (especialmente si sonaban mientras se alimentaba). Entonces, callados y con la mirada perdida, comprendían el porqué de sus reuniones mensuales, que a la postre no era otro que el mismo motivo oculto por el que nunca habían llegado a exterminarse. Ante la soledad, únicamente la presencia constante e infalible del eterno antagonista dignificaba, colmaba de sentido, las noches de existencia. Hasta llegar al paradójico extremo en el que aquella relación entre depredador y presa era lo más parecido a la amistad que podían encontrar sobre la tierra.

Otros episodios de esta serie: Crónicas de un No-Muerto

(I): El Vampiro, en su rincón

(II): El Vampiro y La Bibliotecaria

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