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Posts Tagged ‘sueño’

Tras realizar el experimento empírico de dejar caer al vacío un vaso de Durelex desde una altura de tres metros sobre el nivel del mar, elaboré una hipótesis. Para corroborarla, repetí la experiencia con una docena de vasos del mismo material, teniendo mucho cuidado de que ninguna variable externa a la gravedad alterase la precipitación y destrucción por fragmentación múltiple ocurrida en el caso uno. Finalmente, pude elaborar la siguiente síntesis: los sueños están hechos de Duralex, porque al romperse, lo hacen en cientos de trozos, que salen disparados en cualquier dirección, escondiéndose en la oscuridad, saliendo solo de ella cada cierto tiempo -a ser posible, en el momento más inoportuno-, para recordarnos con su inesperada presencia que una vez formaron parte de un todo que ya no es nada, aunque con la voluntad numantina de resistirse al olvido total o la muerte por asco.

Por tanto, despreciad los cristales de Bohemia o las copas del IKEA: bebed en vasos de Duralex – brindad en ellos con caldos de Jerez, Rioja o Borgoña-, porque estos humildes vidrios son la esencia inmortal de nuestros anhelos.

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El secreto de las sombras

Las sombras son alienígenas, seres exiliados del Sol. Vinieron a nuestro planeta hace millones de años, donde sobrevivieron en simbiosis con sus jurásicos habitantes.

A pesar de los eones pasados, de ser más antiguas que algunas especies como la nuestra, siguen sintiéndose extranjeras. Ahora, como entonces, se reunen cada noche en esquinas, caminos y grutas para soñar con un tiempo eternamente porvenir, en el que conseguirán reclamar lo que es suyo, ocupando el lugar que les corresponde por derecho en el cosmos, llegando a ser independientes, libres de nuevo.

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Sobremesa negra

Un crimen cotidiano:

Teléfono Vil

mató a Siesta “La dulce”.

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La esencia del Héroe

El Héroe entró en la Sala de las Cien Columnas, en el corazón de la Montaña del Aullido, para afrontar su Destino. Al final de la ciclópea estancia, fátuamente iluminada por brasas moribundas, le aguardaba el autoproclamado Amo de las Penumbras. Para llegar hasta él había atravesado el Desierto de Ceniza y el río Sambantión, vencido a fomores y cinocéfalos, burlado a súcubos y cazado a un catoblebas con una red de hilo de araña tejida por la Reina de las Amazonas. Incluso había logrado abatir a flechazos al wyrm del Bosque de Cristal, hazaña digna de figurar en los Anales de la Ciudad Esmeralda.

Todo lo había hecho para llegar a ese instante. Blandiendo la Espada de los Cuatro Filos, rescatada en la Gruta del Viento, se aproximó al Enemigo como el lobo al cordero. El Amo de las Penumbras había escogido para la ocasión un aspecto que al Héroe se le antojó patético: un anciano de largas barbas grises, vestido con una raída túnica de la extinguida Orden del Prisma Negro. El Héroe hubiese preferido acabar con él en la forma de un dragón o un licántropo bicéfalo, para que así alcanzase la victoria tras una épica lucha… pero quizás -pensó aliviado- aquel nigromante centenario había agotado ya todos los trucos para lograr frenarlo.

Cuando estuvo a su altura, tras subir una larga escalinata que llevaba hasta el trono que presidía la sala, El Héroe levantó el poderoso brazo para lanzar un golpe capaz de partir en dos un árbol. El Amo de la Penumbra lo miró condescentiente: tenía por cierto el triunfo final. No era el primer Héroe de pacotilla, Hijo de los Dioses, Elegido de la Fortuna y bla-bla-bla-bla, con el que se las veía cara a cara.

Todo estaba previsto. Hasta el más mínimo detalle de aquel enfrentamiento había sido orquestado por su maligna mente. Antes de que la Espada de los Cuatro Filos le separase la cabeza del tronco, en las Tierras Remotas de las que provenían los Héroes, eran exactamente las 6:59. En la habitación de aquel que tenía enfrente estaba a punto de sonar el despertador.

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