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frankensteinBajo una lluvia sucia, El Vampiro conoció a Frankenstein. Él estaba tirado en la acera de la calle de Goya, mientras tres skins le machacaban las costillas. Lo atacaron como lobos, surgiendo de la oscuridad con sus mandíbulas babeando cerveza e insultos. Antes de que pudiese echar a correr lo derribaron rompiéndole una botella en la cabeza. Entre relámpagos de dolor, solo esperaba que terminasen de vomitar sobre él toda ira que llevaban en sus entrañas por la derrota del Real Madrid, y que se fuesen, dejándolo allí para ser devorado por las sombras.

Pero la Luna, alcahueta de  monstruos, quiso que Franky pasase por allí. Había acabado un trabajo en casa de un cliente y volvía a su puesto en la calle Montera. Podía haber cambiado de acera, dado la vuelta o, como el resto de la ciudad,  ignorar lo que estaba ocurriendo. En lugar de eso, sin saber muy bien porqué, fue directa hacia la manada de neonazis y, jugando la baza de la sorpresa, irrumpió entre ellos con su zapato de plataforma como arma. Dos cayeron a los primeros golpes.  El tercero huyó aullando venganza.

Franky ayudó al Vampiro a incorporarse, le secó la sangre de la boca y acarició con ternura su pegajosa melena. Se reconocieron al instante. No tuvieron nada que decir. Franky agarró al Vampiro por debajo del brazo, paró un oportuno taxi y se lo llevó a su piso de El Pozo. Allí le dejó darse una ducha mientras calentaba una sopa con sabor a prisa. Abrió una botella de un vino apátrida y le dejó un hueco en su sofá de plástico rosa. Al rato, el Vampiro dormitaba sobre el enorme regazo  de la Frankenstein de La Chana. Así la llamaban las compañeras de oficio por los estragos, que ya comenzaban a ser visibles, de su adicción a las inyecciones de silicona.

Cuando El Vampiro se despertó, se amaron en silencio hasta el alba, con la desesperación de aquellos que se saben sin lugar en el mundo a la luz del día.

Gracias a Ángel (palabras), que hizo un hueco en su novela-blog para ayudarme a sacar adelante este pequeño relato.

Anteriores capítulos de esta serie:

I: El Vampiro en su rincón

II: El Vampiro y La Bibliotecaria

III: El Vampiro y el Cazador

También puedes seguir esta serie de relatos en “Sevilla Escribe”


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El Vampiro, al menos una vez a la semana, sentía insoportable el vacío de su inmortalidad. En esos momentos, cuando no le saciaba la sangre de los vagabundos con sabor a cartón de vino o de los sobones profesionales del metro, acudía al apartamento de La Bibliotecaria, en Chueca.

Ella dejaba siempre abierta la ventana de la cocina. Él entraba en forma espeso humo de Farias, para disimular (hacía décadas que había abandonado la forma de murciélago, por miedo a los tirachinas). Como una serpiente etérea, cruzaba puertas, pasillos, radiadores y muebles de diseño sueco hasta llegar a los pies de la cama.

El Marido de la Bibliotecaria roncaba como un generador de gasoil. Mientras, El Vampiro se iba deslizando sibilino entre las sabanas y su esposa. La Bibliotecaria no se despertaba aun cuando El Vampiro hincaba los colmillos en el cuello con deseo; eran siglos de oficio, y la edad -aunque había mermado su ánima- había afilado sus habilidades, sobre todo aquellas que tenían que ver con escurrir el bulto o pasar desapercibido.

Ella solo recordaría un nebuloso sueño, húmedo y seductoramente brutal. Él bebía su sangre. El sobrenatural sentido del gusto del Hijo de la Noche apreciaba, disuelto entre la hemoglobina y los triglicéridos, las palabras del libro que ella estaba leyendo últimamente, y que en ese instante, era el único testigo de la escena desde la mesilla. Llegaban hasta El Vampiro frases, párrafos, capítulos, personajes y escenas, que iba devorando con el ansia del depredador hambriento.

Se frenaba en el momento justo: antes de que la debilidad de La Bibliotecaria al levantarse no fuese explicable por la anemia que -según los médicos- venía padeciendo. Le resultaba doloroso separarse de su piel cálida, de la tibieza de las palabras de su sangre, pero debía de hacerlo. Ella tenía que vivir para seguir leyendo, para continuar alimentando su sangre con líneas de texto.

Habitualmente, regresaba a su cubil de la Puerta del Sol a pie, tentando a las luces del alba. Caminaba y se relamía con los recuerdos robados, las emociones hurtadas, las frustraciones aprendidas, las victorias imposibles que saboreada en las lecturas de su secreta víctima habitual. A veces tenía remordimientos. Se decía a sí mismo que debería de dejarla en paz, buscar a otra. La culpa duraba poco. Solo hasta que volvía a sentir el insoportable el vacío de su inmortalidad, que le llevaba a la necesidad de compartir un buen libro.

Otros episodios de esta serie: Crónicas de un No-Muerto

(I): El Vampiro, en su rincón

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El Vampiro, en su rincón de aquella pensión cercana a la Puerta del Sol, contemplaba el mundo humano a través de la luz fatua de un obsoleto tubo catódico. Su mente bailaba en los salones de Queluz y jugaba en los jardines de Chantilly, mientras que sobre la imagen del presentador, correteaba una descarada cucaracha. De repente, tras la cortinilla musical del noticiario de la noche, comenzó en la pantalla un desfile de pederastas, violadores, maltratadores, asesinos -en serie, ocasionales y fortuitos-, tiranos civiles y militares, corruptos, corruptores, encubridores, malversadores, abusadores, torturadores, terroristas -de estado y apátridas-, especuladores, explotadores, integristas integrales, extremistas, conspiradores, manipuladores, generadores de opinión y marcadores de tendencias.

Ante aquella cascada aterradora, El Vampiro, cargado de amargura -y tocándose con la punta de la lengua la latente caries de su colmillo izquierdo-, se preguntaba qué lugar quedaba en la sociedad de hoy para los monstruos como él, de los de toda la vida.

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