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La Gran Verdad

planeta-piNishijima había dedicado toda su vida a entender el Universo.

Lo consiguió. Justo aquella noche.

Las raras ocasiones en que prestaba la conciencia al sueño había evocado aquel instante sublime (para sí mismo y la Humanidad) en que sería capaz de encontrar La Gran Verdad. Se imaginó, sonriente y tembloroso, saliendo del exilio voluntario para llamar a sus incrédulos colegas con el fin de revelarles El Logro; negociando con las más prestigiosas revistas un reportaje y una portada; siendo recibido en el edificio de las Naciones Unidas, para presentar en Asamblea General (y a través de ella, al mundo) la resolución de las preguntas sobre el espacio, el tiempo, la energía y la vida. Su demostración de la Teoría del Todo,  recién bautizada por él mismo como Ley Fundamental de Nishijima, cambiaría la forma de ver la realidad.

Sin embargo, pensó que ya llegaría el momento de hacer aquellas cosas. Estaba tan terriblemente cansado que sólo tuvo fuerzas de salir a la terraza a fumar un cigarrillo. El primero en siete años.

La brisa de los Alpes Neozelandeses le arrancó de golpe de la atmósfera cargada del laboratorio, llevándose consigo el agotamiento y dejándole a solas con el humo del pitillo y el sabor de la victoria. Había renunciado a mucho por esa conquista: el matrimonio con Ingrid, la infancia y la adolescencia de su hijo Albert, la dirección del grupo de investigación en el Instituto Max Planck de Óptica Cuántica (decisión que, según decían, le privó de un merecido Premio Nobel). Incluso hubo de empeñar una de sus más valiosas posesiones: el prestigio. Muchos, tras anunciar en el congreso de Praga la posibilidad de llegar a obtener la resolución de aquella última incógnita de la Naturaleza, lo tacharon de visionario, engreído o -lisa y llanamente- de majadero integral. Los pocos amigos que ya por entonces le quedaban, se limitaron a recordarle cómo el aceptado Teorema de la Incomplenitud de Göbel le abocaba al fracaso. El orgullo de Nishijima estaba convencido de que unos y otros terminarían por comerse aquellas palabras.

Por fortuna, un millonario turco que se hacía llamar Ozgur, representante de una brumosa sociedad mercantil internacional, sí creyó en él. Desde entonces había sido su benefactor: financiando el gasto astronómico de aquel complejo de investigación privado en el otro lado del globo, en un paraje  fuera de los mapas. A cambio, pedía un breve informe anual de los progresos (redactado en inglés, japonés y ruso), que venían a buscar en helicóptero unos hombres sin rostro y con gafas de espejo.

-Ha merecido la pena- Sentenció de forma brusca, echando de si el pasado junto con la nicotina y el alquitrán del cigarrillo.

Evocó la pasmosamente sencilla fórmula del Universo que había hallado, en la que giraban las interacciones fundamentales de fuerzas que definían desde el movimiento infinitesimal de los quarks hasta la danza macabra de los agujeros negros en el centro de las galaxias. Todo estaba allí. En unos simples trazos de tiza en una pizarra del laboratorio. El secreto mejor guardado del Demiurgo matemático. Al contemplar el paisaje nocturno que se desplegaba ante él, vio cómo a la luz de su descubrimiento se iban desvelando las líneas que unían lo visible y lo invisible, la materia y la antimateria. Eran las mismísimas costuras de la Creación, hasta ese instante solo intuidas por el genio humano desde Platón a Einstein o Hawking. El Origen de Todo estaba allí, brotando de entre variables de su ecuación: el Big Bang, la materia oscura, el movimiento de los bosones de Higgs en el vacío primordial. Podía ver estos fenómenos ante él, desnudos de tinieblas. Incluso el destino del cosmos y todo lo que contenía era fácilmente deducible.  Principio, evolución y final. Puro cálculo. Ya no habría secretos para la razón, el caos sería una sinfonía ordenada, pues él iluminaría todas las sombras.

Él, doctor Enzo Nishijima, había escrito la última página del Libro de la Ciencia y, tal vez, también de el de la Filosofía.

En ese preciso instante, allí, ante el cielo nocturno de Oceanía, aferrado a un pitillo moribundo, se dio verdadera cuenta de la magnitud de la aberración que había conseguido.

Esa misma noche quemó el laboratorio y destruyó el trabajo de casi una década. Desapareció. Los hombres sin rostro de Ozgur le perdieron la pista en los gigantes muelles de Singapur. En un principio creyeron que Nishijima quizás optó por vender La Gran Verdad al mejor postor, pero al no tener noticias de esos otros compradores de la información, se decantaron por la teoría que parecía más plausible: frustrado por no conseguir ningún progreso, y sabiéndose incapaz de hacerlo, había eliminado las pruebas del fracaso en el incendio.

El auténtico motivo de aquel acto permaneció vivo en los ojos de Nishijima hasta su suicidio en un hotel de Madrás: la visión de la tristeza infinita de un universo cartografiado, absolutamente explicable y predecible, sin lugar alguno para el misterio, la sorpresa o la imaginación.

Texto originariamente publicado en Prosófagos. A todas las personas que lo enriquecieron allí, muchas gracias.

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Palabra tuvo dos hijas: Verdad y Mentira. Verdad, digna y fea, murió joven y virgen. Mentira, linda y agradecida, tuvo un millar de retoños promiscuos.

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Solo lo hiciste un momento;

Mas quedaste, como en piedra,

Haciéndolo para siempre


Juan Ramón Jiménez

Solo lo hiciste un momento, pero mereció la pena. Después de que mataran al Ché, que Fidel se volviese un dictador senil y que el subcomandante Marcos se nos olvidase con sus indios en Chiapas, el mundo se había quedado sin rebeldes contra la globalización liberal y la cruzada del hombre contra el sistema había sido dada por finada de inanición. Solo tú, en tu instante de heroísmo, tomaste el estandarte caído y pisoteado de los desheredados de la Tierra. Ese compact que te escondías en tu anorac de mercadillo, mangado al mismísimo Corte Inglés, era el simbólico embrión de La Revolución.

Mas quedaste, como en piedra, mirándome incrédula. Aquel era uno de esos segundos en los que el Amor jugaba a ser funambulista, tambaleándose entre la continuidad y el negro abismo. Dudé, y lo supiste al instante: no pude escapar de la Verdad, tan enemiga Felicidad que ante mis palabras estallaba en pedazos. Lo admití: Si, yo he sido el del peo.

Haciéndolo para siempre-. Eso le dije al dependiente. No se me ocurrió nada mejor para la lápida, pero era lo único adecuado que me vino a la mente al pensar en él. Lo conocía de tan poco. Era el primer amante que se me moría en la cama, y decidí que sería el último. A partir de ese momento, me negué enrollarme con ninguno de mis compañeros, decidí solo tirarle los tejos a los enfermeros. Los despechados del asilo me dicen que estoy loca, pero yo sostengo lo que siempre me dijo mi madre “quien tuvo, retuvo”; además, que yo ya no tengo en corazón para otro disgusto.

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